Valientes
Hay gente que, cuando lo pronuncia, dice algo así como 'tsoe, como si no quisieran detenerse en su significado. Por ello quizá me lo tenga que recordar a mí mismo de cuando en cuando. Se llama socialista, obrero y español. Y no entiendo por qué debería militar bajo otro nombre, ni por qué la gente que cree que algo va mal en este mundo debería votar otras siglas.
Pienso en todas las veces que he visto, ya por la televisión en casa, o desde los monitores de mi lugar de trabajo, esas piezas de telediario en las que miles de personas con banderas azules jaleaban a un candidato. Coreaban rimas, pero parecían máquinas. Muñecos en una puesta en escena, espectacularizando a un prohombre casi tan autómata como ellos. Sabemos que, probablemente, mucha gente sienta lo mismo al vernos a nosotros, y piense que solo cambia el color de la bandera; pero nosotros seguimos adelante, como si la mentira fuera a convertirse en realidad por repetirla mil veces, por pedir a nuestros militantes que la repitan con nosotros. Y está dejando de funcionar; el vertiginoso contagio que las buenas ideas provocan entre la gente nunca se podrá crear artificialmente.
¿Cuánto dinero en cuántos mítines, en aquellos autoengaños de masas a plena luz del día? ¿Cuántas llamadas y mensajes para que acudamos a mover una bandera, en lugar de preguntarnos nuestra opinión, nuestros problemas o los que encontramos en nuestro entorno? Lo que necesitamos hoy no son élites teatralizadas que compitan por una posición, ni arietes de las relaciones públicas que saben perfectamente a quién les merece la pena sonreír y a quiénes se puede desmerecer. Detrás de la complicidad, de una pretendida genialidad basada en el mero hecho de existir, y de tanta mediocridad condecorada, los ciudadanos nos contemplan como Sabina; que el más tonto de su clase, qué elemento, llegó hasta el parlamento.
Sí, estamos en un bache, y espero que salgamos de él animando a que la gente se mueva y, al mismo tiempo, salga en la foto, porque habrá que dejar que se multipliquen las voces hasta que recojan, de nuevo, a toda esa gente a la que hemos fallado. ¿Para qué invertir en tantísimas vías de comunicación si luego nos esforzamos por mandar un mensaje vertical? Quién sabe, quizá mil veces tendremos que ser incoherentes entre nosotros si no queremos que se nos siga adelantando, por la izquierda, una y otra vez. Y la paradoja; a lo mejor ser incoherentes hoy entre nosotros es la única manera de ser coherentes con nuestra historia.
Porque este PSOE no pertenece a nadie, a pesar de que se vea siempre envuelto en discusiones acerca de un tal liderazgo -palabra que esconde un cajón de siniestras y retorcidas pataletas-. Y ahora, más que nunca desde que lo conozco en primera persona, el partido está hecho un lío. Tiene problemas serios, de estructura, de discurso y, sobre todo, de credibilidad. Pero en cuanto el descalabro electoral se haya enfriado lo suficiente, lo más probable es que los debates que hoy mantenemos vuelvan a cerrarse en falso.
Por eso creo que es el momento de decirlo, ahora que las posibilidades todavía están sobre la mesa. Estamos perdidos si seguimos rogando a la gente que olvide que las injusticias tienen solución. Ser de izquierdas significa ver más allá de todo aquello que nos venden como obstáculos -que abarcan desde la corrección política a los tratos de favor a golpe de talonario-. Sin ir más lejos, ¿en qué momento hemos perdido la legitimidad para preguntarle a alguien qué puede hacer con cinco yates que no pueda hacer con uno -a lo mejor quieren jugar a las carreras, o saltar de uno a otro-? ¿Cómo es posible que esa misma pregunta nos resulte extraña? ¿Es porque aquellos a los que, a lo mejor acertadamente, llaman clase política, tampoco han tenido reparos en rodearse de lujos? Entonces, solo es una cuestión de voluntad; tenemos la respuesta delante de nosotros mismos.
Mucha gente no entiende nuestro partido, porque no entiende este mundo, y es normal. Yo tampoco comprendo que un directivo cobre de media 17 veces más que un empleado de su misma empresa -no es la primera vez que lo enlazo, pero es que sigo sin siquiera poder abarcar las cifras-. Y me pregunto dónde estamos nosotros ahí; dónde están nuestra S y nuestra O. Indigentes por la calle entre los que caminamos sin sentir más que indiferencia, o como mucho desdén, pero nunca empatía. Becarios que ya no saben qué hacer para conseguir un contrato laboral y entonces, sorpresa, un nuevo tipo de escritura en la que la relación laboral no existe; directamente, para aprendices.
Sé que hemos tenido que gobernar en la mayor de las incertidumbres y, desde luego, recordaré a Zapatero como un buen presidente. Probablemente, el mejor de los que hemos tenido dentro del marco en que nos encontramos; pero las reglas se han agotado. Cada vez que nuestro partido intenta contentar a todo el mundo, fracasa en las elecciones, y deberíamos darnos cuenta de esto.
Que sí, que sí. Que llevar a cabo discursos y políticas así, en un solo país, nos llevaría a una ruina. Que la economía está globalizada y cualquier ejecutivo está atado de pies y manos. Que lo sé, y Grecia, e Italia, desde luego. Pero fuera de los engranajes de la economía, esa famosa manta que nunca llega a abrigar lo suficiente, hay más; la Iglesia Católica. Miles de millones de euros que el Estado ha preferido ahorrar de muchos otros sitios, incluyendo la ayuda al desarrollo. Hay gente pasando hambre por todo el mundo y nosotros regalamos mochilas, transporte y alojamiento y, no contentos con esto, nos ofrecemos a limpiar la basura del millón de personas que vino a ver a su santidad. ¿Qué curva de la oferta o la demanda se va a desajustar si abandonamos el Concordato y pedimos a la confesión católica que acepte el mismo trato que el resto de religiones? Una vez más, protocolo, corrección política, o simplemente, una bola de nieve gigante. Pero somos incapaces de decir que no, a pesar de que nuestra gente sí lo diga en voz alta.
En todo caso, estos momentos son muy concretos, y el problema es de fondo; de nuestra ideología y nuestra trayectoria. Ya no somos la alternativa; la gente desconfía de que vayamos a solucionar sus problemas y los de los demás. Y aquí -creo, suscrito por los últimos resultados- no nos valdrá con seguir hablando de lo público y llenándonos la boca con esa famosa igualdad de oportunidades que intenta ser el punto de llegada de nuestro pensamiento.
No podemos desistir de llegar a quienes se reunen en las plazas y han decidido echar mano del altavoz, ni podemos consentir que el escepticismo se convierta en la más coqueta de las vanguardias -que es lo que está pasando, ahora se trata de ver quién grita más alto que todos son iguales-. Esa gente no entiende una crisis que es francamente incomprensible y están retándonos a que les demostremos que nos oponemos tanto a la injusticia como ellos; que no nos vamos a ir a casa silbando al cielo mientras los que sufren son siempre los demás. Pues aceptemos el reto, y quizá dejarán de aflorar alternativas a la alternativa.
Quienes llegan hoy al poder han dejado escapar su nombre por alguna que otra parte. Se llaman tecnócratas. No cuestionan la maquinaria, sino que reconocen que su trabajo es, simplemente, arreglar el reloj y dejar que siga funcionando. Entonces, o cambiamos el juego, un juego que es incompatible con los sueños de la gente que, hasta ahora, nos aupaba a los atriles, o desistimos de hacerlo y esperamos que, para la siguiente ocasión, la gente se haya olvidado de las tantas veces que hemos callado y otorgado.
Deberíamos tener en cuenta cosas como estas a la hora de afrontar el encuentro que tenemos por delante, porque no podemos seguir desaprovechando oportunidades. El Congreso de Suresnes hizo Historia y, si queremos, este también puede. La gente sabe quién ha provocado la crisis y quién se ha llevado el botín, y también tiene claras sus prioridades. Y a nosotros nos corresponde elegir si seguimos haciendo equilibrios o si por fin nos colocamos, unívocamente, en uno de los dos lados de esta contienda. Ni siquiera tenemos que recordar aquella vieja inquina sobre si nuestra inspiración viene de aquí o de allá. Solo tenemos que ser valientes.
Pienso en todas las veces que he visto, ya por la televisión en casa, o desde los monitores de mi lugar de trabajo, esas piezas de telediario en las que miles de personas con banderas azules jaleaban a un candidato. Coreaban rimas, pero parecían máquinas. Muñecos en una puesta en escena, espectacularizando a un prohombre casi tan autómata como ellos. Sabemos que, probablemente, mucha gente sienta lo mismo al vernos a nosotros, y piense que solo cambia el color de la bandera; pero nosotros seguimos adelante, como si la mentira fuera a convertirse en realidad por repetirla mil veces, por pedir a nuestros militantes que la repitan con nosotros. Y está dejando de funcionar; el vertiginoso contagio que las buenas ideas provocan entre la gente nunca se podrá crear artificialmente.
¿Cuánto dinero en cuántos mítines, en aquellos autoengaños de masas a plena luz del día? ¿Cuántas llamadas y mensajes para que acudamos a mover una bandera, en lugar de preguntarnos nuestra opinión, nuestros problemas o los que encontramos en nuestro entorno? Lo que necesitamos hoy no son élites teatralizadas que compitan por una posición, ni arietes de las relaciones públicas que saben perfectamente a quién les merece la pena sonreír y a quiénes se puede desmerecer. Detrás de la complicidad, de una pretendida genialidad basada en el mero hecho de existir, y de tanta mediocridad condecorada, los ciudadanos nos contemplan como Sabina; que el más tonto de su clase, qué elemento, llegó hasta el parlamento.
Sí, estamos en un bache, y espero que salgamos de él animando a que la gente se mueva y, al mismo tiempo, salga en la foto, porque habrá que dejar que se multipliquen las voces hasta que recojan, de nuevo, a toda esa gente a la que hemos fallado. ¿Para qué invertir en tantísimas vías de comunicación si luego nos esforzamos por mandar un mensaje vertical? Quién sabe, quizá mil veces tendremos que ser incoherentes entre nosotros si no queremos que se nos siga adelantando, por la izquierda, una y otra vez. Y la paradoja; a lo mejor ser incoherentes hoy entre nosotros es la única manera de ser coherentes con nuestra historia.
Porque este PSOE no pertenece a nadie, a pesar de que se vea siempre envuelto en discusiones acerca de un tal liderazgo -palabra que esconde un cajón de siniestras y retorcidas pataletas-. Y ahora, más que nunca desde que lo conozco en primera persona, el partido está hecho un lío. Tiene problemas serios, de estructura, de discurso y, sobre todo, de credibilidad. Pero en cuanto el descalabro electoral se haya enfriado lo suficiente, lo más probable es que los debates que hoy mantenemos vuelvan a cerrarse en falso.
Por eso creo que es el momento de decirlo, ahora que las posibilidades todavía están sobre la mesa. Estamos perdidos si seguimos rogando a la gente que olvide que las injusticias tienen solución. Ser de izquierdas significa ver más allá de todo aquello que nos venden como obstáculos -que abarcan desde la corrección política a los tratos de favor a golpe de talonario-. Sin ir más lejos, ¿en qué momento hemos perdido la legitimidad para preguntarle a alguien qué puede hacer con cinco yates que no pueda hacer con uno -a lo mejor quieren jugar a las carreras, o saltar de uno a otro-? ¿Cómo es posible que esa misma pregunta nos resulte extraña? ¿Es porque aquellos a los que, a lo mejor acertadamente, llaman clase política, tampoco han tenido reparos en rodearse de lujos? Entonces, solo es una cuestión de voluntad; tenemos la respuesta delante de nosotros mismos.
Mucha gente no entiende nuestro partido, porque no entiende este mundo, y es normal. Yo tampoco comprendo que un directivo cobre de media 17 veces más que un empleado de su misma empresa -no es la primera vez que lo enlazo, pero es que sigo sin siquiera poder abarcar las cifras-. Y me pregunto dónde estamos nosotros ahí; dónde están nuestra S y nuestra O. Indigentes por la calle entre los que caminamos sin sentir más que indiferencia, o como mucho desdén, pero nunca empatía. Becarios que ya no saben qué hacer para conseguir un contrato laboral y entonces, sorpresa, un nuevo tipo de escritura en la que la relación laboral no existe; directamente, para aprendices.
Sé que hemos tenido que gobernar en la mayor de las incertidumbres y, desde luego, recordaré a Zapatero como un buen presidente. Probablemente, el mejor de los que hemos tenido dentro del marco en que nos encontramos; pero las reglas se han agotado. Cada vez que nuestro partido intenta contentar a todo el mundo, fracasa en las elecciones, y deberíamos darnos cuenta de esto.
Que sí, que sí. Que llevar a cabo discursos y políticas así, en un solo país, nos llevaría a una ruina. Que la economía está globalizada y cualquier ejecutivo está atado de pies y manos. Que lo sé, y Grecia, e Italia, desde luego. Pero fuera de los engranajes de la economía, esa famosa manta que nunca llega a abrigar lo suficiente, hay más; la Iglesia Católica. Miles de millones de euros que el Estado ha preferido ahorrar de muchos otros sitios, incluyendo la ayuda al desarrollo. Hay gente pasando hambre por todo el mundo y nosotros regalamos mochilas, transporte y alojamiento y, no contentos con esto, nos ofrecemos a limpiar la basura del millón de personas que vino a ver a su santidad. ¿Qué curva de la oferta o la demanda se va a desajustar si abandonamos el Concordato y pedimos a la confesión católica que acepte el mismo trato que el resto de religiones? Una vez más, protocolo, corrección política, o simplemente, una bola de nieve gigante. Pero somos incapaces de decir que no, a pesar de que nuestra gente sí lo diga en voz alta.
En todo caso, estos momentos son muy concretos, y el problema es de fondo; de nuestra ideología y nuestra trayectoria. Ya no somos la alternativa; la gente desconfía de que vayamos a solucionar sus problemas y los de los demás. Y aquí -creo, suscrito por los últimos resultados- no nos valdrá con seguir hablando de lo público y llenándonos la boca con esa famosa igualdad de oportunidades que intenta ser el punto de llegada de nuestro pensamiento.
No podemos desistir de llegar a quienes se reunen en las plazas y han decidido echar mano del altavoz, ni podemos consentir que el escepticismo se convierta en la más coqueta de las vanguardias -que es lo que está pasando, ahora se trata de ver quién grita más alto que todos son iguales-. Esa gente no entiende una crisis que es francamente incomprensible y están retándonos a que les demostremos que nos oponemos tanto a la injusticia como ellos; que no nos vamos a ir a casa silbando al cielo mientras los que sufren son siempre los demás. Pues aceptemos el reto, y quizá dejarán de aflorar alternativas a la alternativa.
Quienes llegan hoy al poder han dejado escapar su nombre por alguna que otra parte. Se llaman tecnócratas. No cuestionan la maquinaria, sino que reconocen que su trabajo es, simplemente, arreglar el reloj y dejar que siga funcionando. Entonces, o cambiamos el juego, un juego que es incompatible con los sueños de la gente que, hasta ahora, nos aupaba a los atriles, o desistimos de hacerlo y esperamos que, para la siguiente ocasión, la gente se haya olvidado de las tantas veces que hemos callado y otorgado.
Deberíamos tener en cuenta cosas como estas a la hora de afrontar el encuentro que tenemos por delante, porque no podemos seguir desaprovechando oportunidades. El Congreso de Suresnes hizo Historia y, si queremos, este también puede. La gente sabe quién ha provocado la crisis y quién se ha llevado el botín, y también tiene claras sus prioridades. Y a nosotros nos corresponde elegir si seguimos haciendo equilibrios o si por fin nos colocamos, unívocamente, en uno de los dos lados de esta contienda. Ni siquiera tenemos que recordar aquella vieja inquina sobre si nuestra inspiración viene de aquí o de allá. Solo tenemos que ser valientes.
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