Igualdad. Ser y no ser

A esta columna le empezaban a quedar pocas opciones. Una, la de crear una despedida digna, desistir de seguir escribiendo; últimamente había dedicado todos mis impulsos ideológicos y literarios a un trabajo, ya entregado, que merecía copar toda mi atención. La segunda, volver a escribir sobre todo aquello que se me pasaba por la cabeza, y soltar grandes chapas sobre pequeñas cosas como siempre había hecho. Vamos a ver si es el caso.

La primera vez que cerré algún artículo de opinión con vocación de ser leído en una pantalla fue por la extraña moda de afirmar nuestra identidad a través de unas pulseras de goma. Tengo reflexiones como aquella a diario: el ridículo nombre de algún grupo de música novel, el cuidado con que alguien detalla su aspecto antes de salir a la calle, esas palabras propias de un libro de autoayuda con las que el jefe utiliza la inofensiva primera persona del plural para darte una orden. Tonterías que, en momentos, relacionaba con causas abstractas y en mi cabeza convertía en merecedoras de ser escritas; pero no siempre de ser leídas.

Una de esas pequeñas cosas sobre las que llevo tiempo queriendo escribir sin decidirme es una campaña del hoy abatido Ministerio de Igualdad -en realidad, este blog empezó tratando casi devotamente sobre feminismo y activismo lgtb, dos causas que, hoy como entonces, considero inseparables-. Si no me había lanzado es porque resulta complicado relatar un feminismo propio siendo un hombre; en última instancia, cualquier descontento con mis ideas podría precipitar la acusación de que no cuento con la empatía o la sensibilidad suficiente hacia la condición de la mujer.




Sí, esta mezcla de palabras siempre me causó náuseas, y me llevó a pensar que la Igualdad -en su acepción más tangible hoy, esta es, entre mujeres y hombres- es un asunto sobre el que se habla más de lo que se reflexiona. Me hizo pensar que, probablemente, el precio que paga un movimiento social por llegar a algún lugar es el de ir dejando calvas ideológicas por todas partes; que nos hemos puesto de acuerdo en promover alguna Igualdad sin habernos sentado primero a hablar sobre qué Igualdad.

Vamos a ver. Cuando maltratas a una mujer (objeto) dejas de ser un hombre (sujeto/tú). El maltrato te hace menos hombre, que es a lo que deberías aspirar. Ser un hombre está relacionado, como todos sabemos, por lo visto, con la nobleza y la sensatez. Un hombre de verdad es lo suficientemente genial como para no maltratar a su mujer. ¿No es esto una vuelta casi calcada al estremecedor mi marido es muy bueno, no me pega, que todavía leemos, vemos e incluso oímos en la boca de alguna coetánea compañera? Esta campaña ensalza los valores asociados a la hombría y relaciona al hombre con el héroe. De hecho, se podría sustituir una palabra por otra y el lema apenas perdería su intención. Es el hombre quien cuenta con la responsabilidad de no maltratar a su esposa cuando ese maltrato debería ser, enfáticamente, no contemplado.

El maltratador es tal porque se considera en posición de serlo. No ve a su mujer como un semejante, no la percibe como un interlocutor válido, o directamente llega al extremo de pensar que forma parte de su patrimonio -que, por cierto, el maltrato existe en todas las clases sociales-. Y si hay hombres así es porque hay valores asociados al hombre que convierten al hombre mismo en un ideal. Es más; en la vida se me ocurriría atribuir mis -a veces escasos- momentos de nobleza o sensatez al hecho de ser un hombre; tampoco las torpezas ni las debilidades. La solución no es construir un abstracto puente de dignidad que nos una a todos por encima de nuestras diferencias, sino en acabar con ellas. Si entendemos -y muy a mi pesar, así se hace- que mujer es el contrario de hombre, ¿no se asociarán a uno y otro valores también opuestos? Intentamos lidiar con la diferencia pero, cuando la diferencia es creada, es en realidad un falso problema; y si decimos al hombre que, para ser un hombre, tiene que hacer tal cosa, estaremos enfatizando la hombría como un valor en sí mismo. Pues vaya.

No podemos hacer feminismos a medias ni tratar únicamente los síntomas. Basta ya de capitanes de fútbol que ganan el mundial y, volviendo victoriosos al vestuario, besan a sus princesitas. La violencia de género es un síntoma; es el síntoma del machismo. Si hay violencia de género es porque hay violencia y hay género. Y mientras los hombres se consideren los destinatarios unívocos de una serie de valores sublimes y a las mujeres les correspondan los demás, la paz a la que aspiramos no es mejor que aquella de que, en el patio del colegio, las chicas nunca entran en las peleas. Cuando el ideal propuesto es el de ser un hombre, la mujer se queda fuera. Mientras ellos paguen la cena y abran la puerta del coche, ellas serán objetos, y no sujetos; y este es el principio del machismo.

[Si has llegado hasta aquí, gracias por tu paciencia. Es digna de un auténtico hombre -solo por si acaso, sí, es ironía-. Para otro día, la gran chapa sobre por qué el feminismo y el activismo lgtb deben cuadrar siempre en la misma teoría. Y quien deje un comentario se lleva la bibliografía recomendada.]