Siempre en nombre de la democracia

[Dejar de escribir con la limitación de los 140 caracteres, por cierto, es parecido a la sensación de llegar a casa y quitarse los zapatos.]

Si estuviera escribiendo una respuesta a las provocaciones de la derecha, probablemente lo haría sobre el concepto de libertad, y los derroteros no serían demasiado originales: la libertad es paradoja pura, por aquello de que la de unos termina donde la de otros, y porque el liberalismo es probablemente el pensamiento que más cerca nos puede llevar a la extinción.

Desde hace una semana, en cualquier caso, estamos hablando de democracia, y esta es la batalla que han emprendido tantas personalidades que se identifican con la izquierda. En mayo, adquiría protagonismo una plataforma llamada Democracia Real Ya, que proponía, en primer lugar, una reforma del sistema electoral, con la que estoy plenamente de acuerdo.

Con todo, y como ocurrió ya con el concepto de libertad durante la guerra civil -grito al que el bando franquista no tardó en sumarse-, la democracia está en boca de todos, cuestionada por todos, como un ideal factible que no tiene lugar, simplemente, por pereza de unos cuantos. Sin dudar de que esa pereza exista, y sea capaz de dirigir el mundo, lamento discrepar. La democracia pura no es posible. Y no, tampoco estoy hablando de que no sea posible en la práctica, como otro sueño más del siglo XX al que hemos aprendido a renunciar. La democracia, ya en la misma teoría, es una paradoja.

En filosofía política, la democracia lleva siempre un apellido. Si es directa, el pueblo vota en la asamblea. Si es representativa, o piramidal, delega en unas élites. En un sentido diferente, puede ser puramente deliberativa -acatar la decisión de una comunidad hasta sus últimas consecuencias- o liberal, si blinda los derechos de las personas por encima de cualquier vaivén colectivo.

La paradoja fundamental: al elegir una forma de democracia, descartamos las demás, es decir, siempre desmerecemos la opción que habría elegido otra persona. La democracia puede devenir, y muchas veces así ocurre, en una dictadura de las mayorías -no hay más que ver la televisión, que es una tiranía de las audiencias, probablemente muchos de quienes lamentan la telebasura también se consideren demócratas-.

No estoy diciendo que no existan métodos objetivos para medir la calidad democrática de un territorio. Los hay. Pero existiendo diversos modelos de democracia, quizá el primero de esos criterios deba hablarnos de transparencia, del respeto a los procedimientos sean cuales sean.

Todos sabemos a dónde me estoy dirigiendo. A lo largo de la última semana, lo que empezó como 15M, y alguno que otro de aquellos a los que les entusiasma crear opinión, han insistido en que la falta de democracia en nuestra administración se retrata perfectamente en esta reforma de la Constitución. Ahora, porque sí, y sobre todo, porque tocan elecciones generales, queremos votar un techo de gasto.

Si se hubiera pretendido refrendar el aborto, probablemente -más bien con toda certeza- muchas feministas habrían alegado que ningún hombre tiene por qué votar lo que ella hace con su cuerpo. Habrían buscado antecedentes y se habrían sentido increpadas por la opinión pública.

En nombre de la democracia -sin apellidos, la que se corea en las concentraciones- se podrían haber defendido las dos cosas: el derecho de aquel que pasa por la calle, sin más, a decidir si quiere vivir en un país en el que sea legal el aborto, y el otro, el derecho de la mujer concreta que no quiere seguir adelante con su embarazo y que no tiene por qué contar con el consentimiento de nadie.

Como implicado, no habría entendido que se hubiera llamado a refrendar el matrimonio entre personas del mismo sexo, y fue una reforma que, creo, llegó a dividir realmente a esa telaraña de intereses, coleguitas, enemigos, licencias de fútbol que van y vienen, y demás prostifarios que conforman la opinión pública. No comprendería desde qué modelo de democracia se estaría señalando que aquello, en concreto, sí debía votarse.

No tiene sentido reclamar más democracia sin precisar qué democracia, sin dar un paso al frente y defender un modelo concreto, y eso sí, llevarlo hasta las últimas consecuencias -si somos deliberativos, entonces, mientras la comunidad española esté delimitada dentro de unas fronteras, un ciudadano de Badajoz debe poder votar la independencia de Catalunya-. Deberíamos pensar bien qué defendemos antes de ponernos a dar gritos.

Creo que la salud democrática -tal como yo la entiendo- de mi país mejoraría si reformáramos la ley electoral, y también si eligiéramos a nuestro jefe de Estado; esto es, podemos debatir sobre cambiar los procedimientos establecidos. Lo que no se debe cuestionar es si merece la pena seguirlos, a la par que están vigentes. Si lo hacemos, nos exponemos a que, en nombre de la democracia, se esté sentando un precedente que pueda arrebatarnos, en un futuro, los derechos conquistados.

1 comentarios:

Sumiciu dijo...

Espléndida entrada pero lamento no estar de acuerdo con el rebujito entre reforma constitucional y ley ordinaria prefiero el clásico de Seven Up y manzanilla.
Soy el primer temeroso del renferudismo acérrimo por lo que conlleva de parálisis (como en el caso suizo) o de comprar leyes a la carta(como pasa en California). Otra cuestión es que defienda que un modelo equilibrado de Democracia deba mezclar los diferentes mecanismos. Y es por ellos que todas las democracias avanzadas mezclan el sistema representativo dejando un margen para el referéndum que suele reservarse para la reforma constitucional.
Ya que animas a "salir del armario" yo creo en la democracia participativa, creo q la democracia representativa ya tuvo su momento y que es hora de introducir cambios que tiendan hacia la participación directa del ciudadano. La democracia participativa que yo defiendo no es la copia del modelo suizo-californiano de referéndum mensual ni mucho menos el ágora ateniense que es imposible en nuestros días pero las tecnologías de la información hoy nos permiten innovaciones que deberían tomarse en consideración.