Populismo al alza
Las reacciones sobre lo ocurrido el domingo no han sido demasiado sorprendentes. ¡Yo no he sido!, ¡yo no he sido! Me recuerdan a cuando, de pequeño, algo se me caía al suelo y me excusaba diciendo: ah, pero es que me estábais distrayendo. Ahora, cuando mi torpeza consigue que algo se deslice de mis manos, intento reír y disculparme.
No solo el mapa se ha teñido de azul, sino que algunos grupos de ultraderecha se han colado en los ayuntamientos. Recuerdo a un profesor de mi carrera, él decía, somos tan tontos que solemos pensar que las cosas ocurren por un solo motivo, cuando en la mayoría de los casos tienen más de uno. El caso es que el populismo de derechas ha triunfado en España. Ellos, los de los bolsillos pesados, están centrados en nosotros, y pronto tendremos el placer de comprobarlo. Hoy voy a detenerme en una sola de las causas del desastre.
Cualquier delimitación del nosotros se traza necesariamente marcando a un ellos. Esto es inevitable, y además, siempre se realiza desde una posición de poder. Podemos infligirnos toda la humildad del mundo y hablar de tolerancia que, al fin y al cabo, al incluirnos en un grupo y no en otro, asumimos que el nuestro es el que mola. Porque sí. Y este antagonismo está siempre en nuestras vidas. Cuando no es entre la izquierda y la derecha, el enemigo son las minorías, la selección de fútbol holandesa, esos canallas que pretenden independizarse y, de toda la vida, nosotros y ellas. Huelga decir que el ellos suele ser aquel en quien reside la culpa cuando algo sale mal.
Ahora, ¿esto qué tiene que ver con el triunfo del populismo de derechas? Hay otro antagonismo, aquel entre el pueblo y el poder. Y cada vez que la izquierda se encuentra al lado del poder, la derecha se viste de cordero y coquetea con el pueblo. En la frustración producida por la crisis económica, la izquierda en Europa ha dejado de resultar simpática. Los partidos socialdemócratas han tomado medidas y realizado ajustes desde arriba tan necesarios como impopulares. Desde la responsabilidad de las instituciones, han protegido un sistema que no era realmente el suyo, y que estaba tan impuesto desde fuera para ellos como para los ciudadanos de a pie.
Caldo de cultivo para el populismo, cuando aquellos que, por definición, llevan la voz del pueblo, se encuentran blindando estructuras que en realidad nadie comprende. Ni quiero imaginar a quiénes van a culpar de la crisis los concejales de extrema derecha que han desembarcado en algunos ayuntamientos, ni el descrédito que van a tener que soportar tantas minorías sociales y étnicas que, a nivel de discurso, van a ser durante cuatro años los penitentes del malestar económico.
En un proceso paralelo, las asambleas ciudadanas que se crearon la semana pasada en casi todas las capitales de provincia lo tienen claro. La izquierda parlamentaria tampoco es el pueblo. Nosotros somos la voz verdadera, y ellos, que no, que no, que no nos representan.
Quizá con este mismo conocimiento de causa, Tomás ha querido apuntarse al juego: el presidente de la gente común. Y también ha pretendido ir a Sol, acompañado por su cohorte de diputables y rodeado de periodistas. Demasiado tarde. Un populista es aquel que, desde una distancia segura, y con la certeza de pertenecer a otro sitio, juega a ser como los demás durante un brevísimo e inofensivo plazo de tiempo. Y la izquierda, ahora, no debe parar hasta confundirse con quienes piden un mundo mejor, sin trucos ni telón.
Dejemos que sean los populistas de derechas quienes saludan a lo lejos y fingen escuchar mientras sonríen a cámara. Tenemos diez meses para atender aquellas reivindicaciones y, como punto de partida, cambiar la ley electoral. De esto, aún estamos a tiempo. Nos han castigado por dejar escapar una crisis económica, así que no desaprovechemos las oportunidades de esta crisis política. Nunca actuamos con mala fe, pero sí con cobardía, y ahora nos toca rectificar y buscar una alternativa radical en el fondo y la forma, para que solo la derecha se vea relacionada con el corrupto poder que siempre quiere más y la izquierda política se corresponda, unívocamente, con el pueblo. Entonces, todo habrá vuelto a la normalidad.
No solo el mapa se ha teñido de azul, sino que algunos grupos de ultraderecha se han colado en los ayuntamientos. Recuerdo a un profesor de mi carrera, él decía, somos tan tontos que solemos pensar que las cosas ocurren por un solo motivo, cuando en la mayoría de los casos tienen más de uno. El caso es que el populismo de derechas ha triunfado en España. Ellos, los de los bolsillos pesados, están centrados en nosotros, y pronto tendremos el placer de comprobarlo. Hoy voy a detenerme en una sola de las causas del desastre.
Cualquier delimitación del nosotros se traza necesariamente marcando a un ellos. Esto es inevitable, y además, siempre se realiza desde una posición de poder. Podemos infligirnos toda la humildad del mundo y hablar de tolerancia que, al fin y al cabo, al incluirnos en un grupo y no en otro, asumimos que el nuestro es el que mola. Porque sí. Y este antagonismo está siempre en nuestras vidas. Cuando no es entre la izquierda y la derecha, el enemigo son las minorías, la selección de fútbol holandesa, esos canallas que pretenden independizarse y, de toda la vida, nosotros y ellas. Huelga decir que el ellos suele ser aquel en quien reside la culpa cuando algo sale mal.
Ahora, ¿esto qué tiene que ver con el triunfo del populismo de derechas? Hay otro antagonismo, aquel entre el pueblo y el poder. Y cada vez que la izquierda se encuentra al lado del poder, la derecha se viste de cordero y coquetea con el pueblo. En la frustración producida por la crisis económica, la izquierda en Europa ha dejado de resultar simpática. Los partidos socialdemócratas han tomado medidas y realizado ajustes desde arriba tan necesarios como impopulares. Desde la responsabilidad de las instituciones, han protegido un sistema que no era realmente el suyo, y que estaba tan impuesto desde fuera para ellos como para los ciudadanos de a pie.
Caldo de cultivo para el populismo, cuando aquellos que, por definición, llevan la voz del pueblo, se encuentran blindando estructuras que en realidad nadie comprende. Ni quiero imaginar a quiénes van a culpar de la crisis los concejales de extrema derecha que han desembarcado en algunos ayuntamientos, ni el descrédito que van a tener que soportar tantas minorías sociales y étnicas que, a nivel de discurso, van a ser durante cuatro años los penitentes del malestar económico.
En un proceso paralelo, las asambleas ciudadanas que se crearon la semana pasada en casi todas las capitales de provincia lo tienen claro. La izquierda parlamentaria tampoco es el pueblo. Nosotros somos la voz verdadera, y ellos, que no, que no, que no nos representan.
Quizá con este mismo conocimiento de causa, Tomás ha querido apuntarse al juego: el presidente de la gente común. Y también ha pretendido ir a Sol, acompañado por su cohorte de diputables y rodeado de periodistas. Demasiado tarde. Un populista es aquel que, desde una distancia segura, y con la certeza de pertenecer a otro sitio, juega a ser como los demás durante un brevísimo e inofensivo plazo de tiempo. Y la izquierda, ahora, no debe parar hasta confundirse con quienes piden un mundo mejor, sin trucos ni telón.
Dejemos que sean los populistas de derechas quienes saludan a lo lejos y fingen escuchar mientras sonríen a cámara. Tenemos diez meses para atender aquellas reivindicaciones y, como punto de partida, cambiar la ley electoral. De esto, aún estamos a tiempo. Nos han castigado por dejar escapar una crisis económica, así que no desaprovechemos las oportunidades de esta crisis política. Nunca actuamos con mala fe, pero sí con cobardía, y ahora nos toca rectificar y buscar una alternativa radical en el fondo y la forma, para que solo la derecha se vea relacionada con el corrupto poder que siempre quiere más y la izquierda política se corresponda, unívocamente, con el pueblo. Entonces, todo habrá vuelto a la normalidad.
2 comentarios:
Menos mal que quedan burgueses para luchar por los derechos del pueblo obrero...esto no cambia eh?
El populismo es un terreno abonado por la derecha, perdón por el "extremo centrismo político".
La izquierda debemos hacer valer las políticas sociales, la gestión eficiente mediante una distribución justa de los recursos y la cercanía al ciudadano.
Debemos hacer una autocrítica seria de los resultados electorales del domingo y depurar responsabilidades. Un hombre que ha cercenado el espíritu de la mitad del PSM-PSOE yha registrado sus peores resultados históricos NO PUEDE seguir siendo el Secretario del mismo órgano.
Ellos son lo que tienen, nosotros lo que hacemos y pensamos, esta es la principal diferencia entre la izquierda y la derecha.
Alejandro, de "chamartín"
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