Algo personal
A lo largo de las últimas semanas, he ido leyendo las notas de despedida de algunos compañeros que, por motivos del azar, han ido abandonando los cargos que ocupaban en las instituciones. Algunas eran muy emotivas, otras más despiertas, y todas, llenas de agradecimientos. Desde luego, un distrito puede parecer algo pequeño; puede que el trabajo que da no sea equiparable al que han desarrollado mis amigos, pero el fondo es el mismo: llevar la voz de quienes han confiado en nosotros -y de quienes no lo han hecho, también-. Y eso ilusiona.
Antes de saber siquiera que se quedaría libre una plaza para ser vocal vecino, recibí llamadas de personas que me animaban a presentarme. Me pilló de sorpresa y a destiempo. Yo había militado desde hacía años en el partido, había sido trabajador y relativamente constante. Sin embargo, tenía una carencia de la que aún hoy me siento orgulloso: una extraña incapacidad para estar en el lugar adecuado en el momento justo.
Los años habían pasado, vivimos en un mundo entusiasmado con el olor a comienzos y las jóvenes promesas, en las que no cuenta lo que eres, ni lo que haces, sino lo que puedas llegar a ser. En otras palabras, mi momento había pasado, y me quedaban lejos las expectativas personales que encandilan a los recién llegados. Es más, poco antes de aquello me había enamorado, y en ello sigo, por cierto, motivo por el que los recovecos de la militancia tambaleaban menos que nunca mi cabeza y mi pulso. Por esto, me lo tomé como el reconocimiento a uno de esos trabajos que rara vez se condecoran; a tantos sábados cerrando pronto por tener que madrugar el domingo, a los esfuerzos que, por no tener una trayectoria, nunca se habían tomado en serio.
Todo lo que me vienen a la cabeza son lugares comunes, es decir, ahora sé que los lugares comunes a los que han recurrido mis compañeros son sinceros. Una experiencia vale, sobre todo, por las personas con las que la compartes. Daniel y María, que han sido unos buenos compañeros, y le dieron vida y color al grupo. Agustín, un friqui del distrito, y el héroe de las pequeñas cosas. Raquel, que conserva su ilusión intacta y es la mayor grouppie del partido que conozco. Pina, un tío íntegro y auténtico donde los haya. Óscar, que con su templanza y su saber hacer siempre transmite que todo saldrá bien. Ana, que por miles de motivos, creo que era la persona que más se parecía a mí en esta ensalada. Y Laura, gracias a la cual nunca, ni siquiera en mi primer pleno, me sentí como el nuevo ni el pequeño, sino como uno más.
De tantas proposiciones que he presentado en estos dos cursos, solo tres han sido aprobadas por el equipo de Gobierno. En lo que a esos tres compromisos respecta, aún es pronto para saber si se revitalizará el Parque del Rastro. Creo que los establecimientos en Madrid Río se pospondrán de nuevo, ya que al Ayuntamiento le sigue tentando la megalomanía y no tomó nota de sus propios fallos. Pero sí comprobé, el septiembre pasado, que las rampas para discapacitados se habían instalado en los accesos al Parque de la Arganzuela. Si conseguí mejorar la vida de una sola persona, puedo dejar el cargo con una sonrisa.
Ahora pasaré a formar parte de esa larguísima lista de personas anónimas que un día, gracias al Partido Socialista, hicieron algo por el mundo. Eso, por suerte, es algo que siempre formará parte de mi vida, y que desde luego me costará olvidar.
Antes de saber siquiera que se quedaría libre una plaza para ser vocal vecino, recibí llamadas de personas que me animaban a presentarme. Me pilló de sorpresa y a destiempo. Yo había militado desde hacía años en el partido, había sido trabajador y relativamente constante. Sin embargo, tenía una carencia de la que aún hoy me siento orgulloso: una extraña incapacidad para estar en el lugar adecuado en el momento justo.
Los años habían pasado, vivimos en un mundo entusiasmado con el olor a comienzos y las jóvenes promesas, en las que no cuenta lo que eres, ni lo que haces, sino lo que puedas llegar a ser. En otras palabras, mi momento había pasado, y me quedaban lejos las expectativas personales que encandilan a los recién llegados. Es más, poco antes de aquello me había enamorado, y en ello sigo, por cierto, motivo por el que los recovecos de la militancia tambaleaban menos que nunca mi cabeza y mi pulso. Por esto, me lo tomé como el reconocimiento a uno de esos trabajos que rara vez se condecoran; a tantos sábados cerrando pronto por tener que madrugar el domingo, a los esfuerzos que, por no tener una trayectoria, nunca se habían tomado en serio.
Todo lo que me vienen a la cabeza son lugares comunes, es decir, ahora sé que los lugares comunes a los que han recurrido mis compañeros son sinceros. Una experiencia vale, sobre todo, por las personas con las que la compartes. Daniel y María, que han sido unos buenos compañeros, y le dieron vida y color al grupo. Agustín, un friqui del distrito, y el héroe de las pequeñas cosas. Raquel, que conserva su ilusión intacta y es la mayor grouppie del partido que conozco. Pina, un tío íntegro y auténtico donde los haya. Óscar, que con su templanza y su saber hacer siempre transmite que todo saldrá bien. Ana, que por miles de motivos, creo que era la persona que más se parecía a mí en esta ensalada. Y Laura, gracias a la cual nunca, ni siquiera en mi primer pleno, me sentí como el nuevo ni el pequeño, sino como uno más.
De tantas proposiciones que he presentado en estos dos cursos, solo tres han sido aprobadas por el equipo de Gobierno. En lo que a esos tres compromisos respecta, aún es pronto para saber si se revitalizará el Parque del Rastro. Creo que los establecimientos en Madrid Río se pospondrán de nuevo, ya que al Ayuntamiento le sigue tentando la megalomanía y no tomó nota de sus propios fallos. Pero sí comprobé, el septiembre pasado, que las rampas para discapacitados se habían instalado en los accesos al Parque de la Arganzuela. Si conseguí mejorar la vida de una sola persona, puedo dejar el cargo con una sonrisa.
Ahora pasaré a formar parte de esa larguísima lista de personas anónimas que un día, gracias al Partido Socialista, hicieron algo por el mundo. Eso, por suerte, es algo que siempre formará parte de mi vida, y que desde luego me costará olvidar.
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