Liderazgos
Hace poco, pudimos presenciar el relato de nuestra forma actual de política. La guionista de Mentiras y Gordas (2009) desacreditaba al director, y también escritor, de La comunidad (2000). La primera cinta es una historia ya contada, carente de cualquier trabajo intelectual, que partió con el único reclamo de mostrar escenas de cama y un sinfín de desnudos. La segunda es un esperpento que recuerda a Valle-Inclán, una fábula sobre la envidia y el dinero; sin embargo, y por algún mecanismo que debería resultarnos extraño, será el creador de esta obra quien se retire pronto de la Academia.
Esta paradoja tiene lugar, con certeza, a diario. Son muchos jóvenes, y no jóvenes, quienes ven sus propuestas traspapeladas. Cuando se trabaja con la creatividad, la negativa no suele hacerse esperar; mala suerte. Una buena idea estará herida de antemano, siempre que no se le haya ocurrido a quien correspondía.
Es verdad que nuestros tiempos se caracterizan porque padecemos el poder aun cuando carece de fuerza o de legitimidad, pero también es cierto que algunos de los reflejos de defensa de la autoridad son formidables. Por ejemplo, los cantos al liderazgo, cada vez más dirigidos a los jóvenes, y que buscan, precisamente, premiar la obediencia y forzar un autoengaño colectivo. El promocionado liderazgo actual no pretende capacitarnos para tomar decisiones, sino en trazar una cortesía convencional, con la que fingir que merece la pena aquello que en realidad es mediocre. [Obviar que la obra de Álex de la Iglesia era a todas luces mejor que la de González-Sinde.]
Hay más. Las redes sociales y la sobreinformación -aparte de las nuevas herramientas de microcomunicación, que fragmentan nuestros impulsos creativos en mensajes brevísimos- nos llevan a no saber qué es público y qué personal. Nos hacen preguntarnos sobre qué contenidos se nos pueden pedir explicaciones y sobre cuáles no; trabajamos desde las libertades de la oralidad, aunque se cierne sobre nosotros la amenaza de que todo lo escrito permanece. Este choque, o nos arroja definitivamente a desistir de la prudencia, o nos bloquea y nos anula: hay usuarios que han abandonado su nombre propio, su carácter humano y solo humano; establecen una imagen de marca y se mueven en la red como un yo corporativo, avisándonos de que cualquiera de sus argumentaciones será en realidad una mercancía impersonal. Este es también el precio de nuestro engañoso concepto de liderazgo.
Habrá quien no sepa a dónde pretendo llegar. Posiblemente tenga toda la razón; supongo que con estas reflexiones intento explicar nuestro contexto, ese por el cual los excesos de la cortesía nos están exigiendo que asumamos, a ratos, lo inasumible. Que participemos en el juego de descartar las buenas ideas, cuando accidentalmente hayan partido de quien no debían.
[En estos momentos me acuerdo del Parlament de Catalunya, su valentía no residió tanto en prohibir la tauromaquia sino en haber aprobado algo que no llegaba de la mano de ningún grupo político, sino de la gente de la calle. No tuvieron miedo en confesar que alguien había hecho su trabajo mejor que ellos, y fueron coherentes con su voto en las Cortes.]
Las corrientes de confianza -por las que deambula esa ilusión de liderazgo- lo son todo, y es casi imposible trazar un pensamiento propio sin ofender a nadie. Los límites de la comunicación corporativa han devenido en una manía persecutoria para aquellos que ocupan las autoridades, hasta que interpretan cada discrepancia como un jaque a su ya de por sí efímera posición. ¿Y qué hacemos con la política, entonces -que es también el motivo por el que cada vez menos gente nos vota-? Relaciones públicas.
Si el camino a seguir es este, solo recomiendo a mi partido que cree una imagen fuerte, capaz de soportar las preguntas que se avendrán cuando empiece la campaña. Sin ir más lejos, cómo vamos a ser los líderes de las bases si nos presentamos con un golpe en la mesa. En qué consiste esa ilusión por la política que decimos desprender, cuando es la rivalidad lo que caracteriza las relaciones entre los militantes. Y dónde reside nuestra legitimidad si premiamos, más que el trabajo o el talento, los pactos de sordomudos.
Esta paradoja tiene lugar, con certeza, a diario. Son muchos jóvenes, y no jóvenes, quienes ven sus propuestas traspapeladas. Cuando se trabaja con la creatividad, la negativa no suele hacerse esperar; mala suerte. Una buena idea estará herida de antemano, siempre que no se le haya ocurrido a quien correspondía.
Es verdad que nuestros tiempos se caracterizan porque padecemos el poder aun cuando carece de fuerza o de legitimidad, pero también es cierto que algunos de los reflejos de defensa de la autoridad son formidables. Por ejemplo, los cantos al liderazgo, cada vez más dirigidos a los jóvenes, y que buscan, precisamente, premiar la obediencia y forzar un autoengaño colectivo. El promocionado liderazgo actual no pretende capacitarnos para tomar decisiones, sino en trazar una cortesía convencional, con la que fingir que merece la pena aquello que en realidad es mediocre. [Obviar que la obra de Álex de la Iglesia era a todas luces mejor que la de González-Sinde.]
Hay más. Las redes sociales y la sobreinformación -aparte de las nuevas herramientas de microcomunicación, que fragmentan nuestros impulsos creativos en mensajes brevísimos- nos llevan a no saber qué es público y qué personal. Nos hacen preguntarnos sobre qué contenidos se nos pueden pedir explicaciones y sobre cuáles no; trabajamos desde las libertades de la oralidad, aunque se cierne sobre nosotros la amenaza de que todo lo escrito permanece. Este choque, o nos arroja definitivamente a desistir de la prudencia, o nos bloquea y nos anula: hay usuarios que han abandonado su nombre propio, su carácter humano y solo humano; establecen una imagen de marca y se mueven en la red como un yo corporativo, avisándonos de que cualquiera de sus argumentaciones será en realidad una mercancía impersonal. Este es también el precio de nuestro engañoso concepto de liderazgo.
Habrá quien no sepa a dónde pretendo llegar. Posiblemente tenga toda la razón; supongo que con estas reflexiones intento explicar nuestro contexto, ese por el cual los excesos de la cortesía nos están exigiendo que asumamos, a ratos, lo inasumible. Que participemos en el juego de descartar las buenas ideas, cuando accidentalmente hayan partido de quien no debían.
[En estos momentos me acuerdo del Parlament de Catalunya, su valentía no residió tanto en prohibir la tauromaquia sino en haber aprobado algo que no llegaba de la mano de ningún grupo político, sino de la gente de la calle. No tuvieron miedo en confesar que alguien había hecho su trabajo mejor que ellos, y fueron coherentes con su voto en las Cortes.]
Las corrientes de confianza -por las que deambula esa ilusión de liderazgo- lo son todo, y es casi imposible trazar un pensamiento propio sin ofender a nadie. Los límites de la comunicación corporativa han devenido en una manía persecutoria para aquellos que ocupan las autoridades, hasta que interpretan cada discrepancia como un jaque a su ya de por sí efímera posición. ¿Y qué hacemos con la política, entonces -que es también el motivo por el que cada vez menos gente nos vota-? Relaciones públicas.
Si el camino a seguir es este, solo recomiendo a mi partido que cree una imagen fuerte, capaz de soportar las preguntas que se avendrán cuando empiece la campaña. Sin ir más lejos, cómo vamos a ser los líderes de las bases si nos presentamos con un golpe en la mesa. En qué consiste esa ilusión por la política que decimos desprender, cuando es la rivalidad lo que caracteriza las relaciones entre los militantes. Y dónde reside nuestra legitimidad si premiamos, más que el trabajo o el talento, los pactos de sordomudos.
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