Querida Academia
No se trata, desde luego, de un asunto especialmente difícil, o siquiera merecedor de formar parte de la primera página de la actual agenda política, pero es casi personal. Aunque imagino que no va a leer mis líneas -a no ser que se busque en Google, con un narcisismo preocupante-, creo más que justo escribir sobre Álex de la Iglesia.
No conozco demasiado bien las competencias de la Academia de Cine, aunque sí algunas de sus razones de ser: apoyar al cine español, promocionarlo y difundirlo, aparte de premiar a quienes dedican a él su talento. La gestión de sus directivas, hasta ahora, no se había visto en el centro del candelabro; de hecho, la presidencia de la Academia solía padecer prácticamente el anonimato.
Por algún motivo, algo ha sido diferente esta vez. La candidatura de Álex de la Iglesia sí fue noticia, y recibió el calor de los miles de friquis que nos interesamos por nuestro cine. Adquirió sus nuevas responsabilidades mientras los medios de comunicación nos asediaban, día y noche, con la amenaza de una ley que cerraría ese grifo del que los internautas llevábamos años y años bebiendo sin mesura. Y él se veía dispuesto a comerse el marrón.
Formó equipo con artistas que, desde siempre, habían contado con mi admiración; especialmente Icíar Bollaín, a la que siempre he visto subestimada por nuestra industria. Por este motivo, hoy me duele especialmente que sus compañeros no entiendan que su papel como presidente de la Academia era, precisamente, mediar en este conflicto. Los vaivenes de la propiedad intelectual establecen un debate que, estoy convencido, solo las partes involucradas conocen en toda su complejidad; reconozcámoslo, la prensa suele limitarse a enumerar acusaciones grandilocuentes que poco ayudan a resolver el caso.
Álex insiste en que debería haber dejado su opinión personal a un lado, y llevar puesto siempre el traje de presidente a la hora de hablar con la prensa. No lo comparto. Era él, él mismo; su desenfadada forma de ver la realidad, sus pies en el suelo, su desafección hacia el dramatismo barato, su indiferencia hacia el protocolo, lo que había creado revuelo, lo que nos hizo pensar que algo podría cambiar.
Y por las virtudes arriba mencionadas, quizá por parecer libre de las ataduras y las intrigas de la política, su gestión ha durado poco. Se ofreció para resolver un conflicto, pero él no era el elegido. Sintiéndolo mucho, no me vale ese argumento de que la Academia debe dejar marchar, sin pena ni gloria, todo aquello que salga de las Cortes. Cuando Mercedes Sampietro presidía la Academia, se llevaba fatal con el poder, y nadie dudó de su responsabilidad; simplemente, su trabajo no consistía en sonreír y decir que sí. Por esto mismo admiro a Álex de la Iglesia.
No es justo decir que, al tomar parte, el director haya abierto una crisis; por lo menos, para el cine español -no puedo hablar de lo que respecta, estrictamente, a los jaleos internos de la Academia-. Las crisis del cine español han venido cada vez que hemos intentado hacer otra cosa con él, o cuando, para llevarlo junto al mercado, lo hemos vaciado de contenido. Creo que nuestra industria cultural tiene un carácter del que no hay que desistir. Nuestro cine siempre fue crítico, reflexivo, tiene sentido, y tiene una vocación atemporal.
Así ha sido tantas veces la Academia, voceando contra la guerra, mostrando actitudes valientes que, desde culturas más apolíticas, serían inexplicables. Los artistas no tienen asuntos propios; si el arte existe es para revolver todo lo que pasa, y no pasa, en este mundo. Álex de la Iglesia tenía no solo el derecho, sino el deber, de poner su grano de arena para conseguir una ley más saludable, y para cuidar la imagen de los cineastas españoles en un proceso que se estaba prestando al maniqueísmo.
Formó equipo con artistas que, desde siempre, habían contado con mi admiración; especialmente Icíar Bollaín, a la que siempre he visto subestimada por nuestra industria. Por este motivo, hoy me duele especialmente que sus compañeros no entiendan que su papel como presidente de la Academia era, precisamente, mediar en este conflicto. Los vaivenes de la propiedad intelectual establecen un debate que, estoy convencido, solo las partes involucradas conocen en toda su complejidad; reconozcámoslo, la prensa suele limitarse a enumerar acusaciones grandilocuentes que poco ayudan a resolver el caso.
Álex insiste en que debería haber dejado su opinión personal a un lado, y llevar puesto siempre el traje de presidente a la hora de hablar con la prensa. No lo comparto. Era él, él mismo; su desenfadada forma de ver la realidad, sus pies en el suelo, su desafección hacia el dramatismo barato, su indiferencia hacia el protocolo, lo que había creado revuelo, lo que nos hizo pensar que algo podría cambiar.
Y por las virtudes arriba mencionadas, quizá por parecer libre de las ataduras y las intrigas de la política, su gestión ha durado poco. Se ofreció para resolver un conflicto, pero él no era el elegido. Sintiéndolo mucho, no me vale ese argumento de que la Academia debe dejar marchar, sin pena ni gloria, todo aquello que salga de las Cortes. Cuando Mercedes Sampietro presidía la Academia, se llevaba fatal con el poder, y nadie dudó de su responsabilidad; simplemente, su trabajo no consistía en sonreír y decir que sí. Por esto mismo admiro a Álex de la Iglesia.
No es justo decir que, al tomar parte, el director haya abierto una crisis; por lo menos, para el cine español -no puedo hablar de lo que respecta, estrictamente, a los jaleos internos de la Academia-. Las crisis del cine español han venido cada vez que hemos intentado hacer otra cosa con él, o cuando, para llevarlo junto al mercado, lo hemos vaciado de contenido. Creo que nuestra industria cultural tiene un carácter del que no hay que desistir. Nuestro cine siempre fue crítico, reflexivo, tiene sentido, y tiene una vocación atemporal.
Así ha sido tantas veces la Academia, voceando contra la guerra, mostrando actitudes valientes que, desde culturas más apolíticas, serían inexplicables. Los artistas no tienen asuntos propios; si el arte existe es para revolver todo lo que pasa, y no pasa, en este mundo. Álex de la Iglesia tenía no solo el derecho, sino el deber, de poner su grano de arena para conseguir una ley más saludable, y para cuidar la imagen de los cineastas españoles en un proceso que se estaba prestando al maniqueísmo.
1 comentarios:
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