Ambiguas adicciones

El pasado uno de enero encendí el que, casi con certeza, sería mi último cigarrillo en una cafetería. Y la verdad es que, aunque estaba a favor de la ley que acaba de entrar en vigor, estos días me han dejado un par de reflexiones que me gustaría dejar por escrito.

Qué puedo decir, los fumadores somos unos adictos, ansiosos y molestos, y tenemos la torpe suerte de que nuestro (en realidad extraño) vicio contamina el bienestar de los demás. Yo mismo querría dejar de fumar y, de hecho, me planteaba aprovechar la rigidez de la norma para dejarlo; el caso es que, ante esta coyuntura, poner fin a mi adicción me resulta una decisión mucho menos personal.

Está bien, nadie me obligó a comprar mi primera cajetilla de tabaco, ni a llevar encima un mechero. Y por lo general, no soy amigo de las teorías de la conspiración, pero el caso del tabaco me resulta siniestro, siempre contradictorio. Es justo que nadie tenga que disculpar el humo de nadie, pero las imágenes que nos deja la nueva ley me llevan a pensar que la solución no es esta (ahora ya sin tilde, por orden de la Academia). Gente pasando frío en la puerta de los edificios por las mañanas, acumulaciones de fumadores en la puerta de los bares, improvisadísimos espacios al aire libre donde esta tercera parte de la población pueda excusarse un minuto para consumir su droga. No es que, por derecho, creo que nos pertenezca un lugar a cubierto, no es esto (que quizá), sino que se hace evidente que hay un desequilibrio, una laguna, una pregunta acerca del objeto de la ley. Y no, lo de que se haga así en el resto de Europa, porque sí, no me parece un argumento.

¿Podemos hablar de que una ley sea avanzada cuando deja, en su camino, anécdotas como esta? Hay un punto desregulado, si el Estado vende una droga que, posteriormente, no permite consumir en ninguna parte; no lo sé, creo que sacar a los fumadores de los bares y ubicarles en su puerta no resuelve el problema, como es injusto, para los hosteleros con un menor poder adquisitivo, que vayamos a encontrar bares con terrazas al aire libre en pleno invierno, al calor de unas copiosas estufas que darán al traste con aquello del ahorro energético.

Empiezo a pensar que se trata de un bulo, pero desde hará unos cinco o seis años me ocupo, cuando me acuerdo, de buscar el estado en que se encuentra una tal vacuna mágica contra la nicotina: su horizonte siempre se postpone. También se sabe cuáles son los componentes de los cigarrillos que resultan cancerígenos, qué sustancias son naturales y cuáles son añadidas, y sin embargo, ninguna ley camina en esta dirección. Es más, Bruselas ha estado subvencionando la agricultura del tabaco hasta hace dos años (mucho tiempo después de que se debatieran las directivas contra su consumo en espacios cerrados), y aquí en España, más curioso todavía, la empresa que manufactura el tabaco es pública, sí, como Renfe o Correos. Ya he aludido en otras ocasiones a la Madre Coraje de Bertolt Brecht, que se ganaba la vida vendiendo armas a la guerra que terminó con sus hijos.

Éstos son los pensamientos que se agolpan en mi cabeza, y que no me dejan ver qué discurso estamos trazando exactamente con esta ley. Esas personas a las puertas de los edificios, o que se pensarán dos veces si tomar el café fuera de casa, ¿son los retales de un mundo pasado? La ley debería protegerles también a ellos, fomentar la investigación y, por sentido común, expulsar de las manos de la Administración aquello que es perjudicial para el ser humano.

Puede que hayamos prohibido fumar en los bares, pero avanzar, no hemos avanzado: los pintorescos cuadros que vamos a obtener de mano de esta norma serán similares a los de otros países de Europa, pero no nos van a hacer mejores. El tabaco todavía tiene, en nuestro país, miles de valores asociados. Por mencionar alguno: entre los jóvenes, parece un gesto de desobedicencia cívica, de protesta contra todas aquellas prohibiciones que, a los chavales, no se nos explican. Entre las personas mayores, parece un gesto de humanidad, una entrañable resistencia al paso del tiempo. Creo sinceramente que esta prohibición va a ayudar a envolver aún más al dichoso cigarrillo en estas asociaciones de ideas, pero quizá esto sea aventurar demasiado.

Mi propuesta: concienciar de verdad a las personas, no con coacciones ni amenazas, y explicarles que el tabaco es, en realidad, una tontería. Que fumar no es un acto de rebeldía, de osadez ni complicidad, sino todo lo contrario; un engañabobos, que no aporta nada, que a pesar de las apariencias, es una sumisión, a una sustancia química en primer lugar, y en segundo, a quienes la cultivan, la manufacturan y la venden a sabiendas de que es tan adictiva como la cocaína.

Sí, me alegro por quienes hasta ahora habían padecido, sin querer, el humo, pero hacer las cosas bien es muy diferente. Si una parte importante de los ciudadanos va a permanecer en la puerta de los edificios, a pesar de la condena de quienes van a encontrarse, resguardados del frío, en su interior, es que algo falla. Y que el Estado siga comercializando el tabaco, a la par que pretende encabezar la lucha contra su consumo, me lleva a pensar que esta ley se ha implantado de una forma más bien caprichosa. La norma debería haber llegado como el triunfo orgulloso de una sociedad saludable; no una en la que, todavía, un tercio de los ciudadanos consumimos una droga legal y regulada que, por lo visto, es veneno puro. En todo caso, para quienes en su día no cayeron en la trampa, mi enhorabuena.