Tratado sobre las descargas
Parece que después de casi dos meses sin escribir, he encontrado por fin un asunto que, por espinoso, y problemático, me ha llamado la atención lo suficiente como para animarme a darle vueltas y sacar algo en claro; es la llamada ley Sinde. [O quizá son simplemente las vacaciones, y aviso, esto va a ser largo, y no descarto dedicarle más entradas en el futuro.]
Es una viñeta de Manel Fontdevila la que me ha demostrado que, a este respecto, se puede dar en el clavo. Somos humanos y nos gusta bajarnos cosas, y las teorías marcianas llegan después. Pero lo que más me da que pensar es aquello que llamamos cultura, en cuyo nombre, todo vale. Otro término que ha saltado al centro del candelabro, y que yo creía restringido a la jerga de mi gremio, es el de las industrias culturales. Pues bien, este concepto sí es muy complejo. A saber, tres asignaturas enteras, varias noches sin estudiar, y un sinfín de páginas llenas de apuntes a las que no dudaré en culpar cuando en un futuro sufra de lumbago.
Tampoco quiero dejar este tema sin sacar al crítico enfadado con el mundo que llevo dentro. A ver, ¿cómo creemos que, acaso, las industrias producen a esas estrellas a las que, tan tranquilamente, nosotros consentimos considerar portavoces de nuestra cultura? Es simple. Un musicólogo anónimo elige una progresión armónica típica [las del pop, I | VIm | IV | V, o IV | V | I, o IIm | V | I, rara vez solemos salir de esto]. Con ayuda de un programa informático, generalmente, crea una melodía que se adecúe a esa estructura, basta con que las notas de los acordes coincidan con los tiempos clave del compás. Luego, escriben una letra, siempre con un punto justo de transgresión en las formas, y llaman a un vocalista, que puede llamarse Britanny, Balancé, o Shawarma, que no sabe leer música, y a quien ayudan a imitar la melodía que ha creado el musicólogo para grabarlo. Si el resultado no convence, se contrata un arreglista, que está especializado en rellenar los huecos de la pieza con soniquetes pegadizos, o se insertan los arreglos de otros temas ya caídos en el olvido.
Lo demás, más o menos, lo conocemos. Gracias a los recursos económicos y las relaciones públicas de las casas discográficas, los medios de comunicación y las plataformas de ocio nocturno difunden incansablemente este trabajo, hasta que esa música, desprovista de todo carácter humano, es prácticamente la única referencia que tenemos. Es sinceramente imposible tener una vida social saludable, sobre todo a cierta edad, sin que se nos imponga la música de los cantantes más promocionados. Las aportaciones vocales de Britanny, Balancé y Shawarma eclipsan casi todo nuestro querido libre mercado, ése que, por encima de cualquier otra consideración, premia nuestro trabajo, nuestro talento y nuestro esfuerzo.
Bien, voy a decirlo: esto no es cultura. Y no, no pretendo desmarcarme para alimentar mi vanidad, al igual que ya dejé en el feliz pasado aquella etapa por la que todo lo minoritario era, sí o sí, mejor. Pop viene de popular, se refiere a aquella música que parte de la gente, y que gusta a la gente, sin cabriolas informáticas ni virtuosismos por encargo. Cultura es la música que se crea para decir algo, que vive un proceso artesanal, y (voy a ser muy cursi) que expresa las ansiedades, desenfados y reflexiones de un poeta.
Dicho esto, el uso generalizado que se hace de los portales de descargas no es cultural, sino industrial. Estas páginas alegales, en la actualidad, no nos están sirviendo para democratizar la red, ni para acercar al mundo a los pequeños creadores: ellos cuelgan sus trabajos, voluntariamente, en sus propias páginas. Es cierto; hay cauces para escuchar música, cultural y no, libremente, de forma legal y gratuita, y además, estas herramientas suelen ser de gran ayuda para aquellos que no cuentan con el apoyo de los grandes medios.
Tengo varias enmiendas a la ley Sinde, pero ver la oposición capitaneada por un supuesto llamamiento a la cultura hace que merezca la pena dar una respuesta. La red, legal y no, sigue copada por los mismos de siempre, y yo defiendo el derecho de los autores a ser dueños de su trabajo, al igual que me cae infinitamente mejor el musicólogo anónimo que la tal Balancé. Comprar o no un producto industrial es una opción personal, ante la que hay miles de alternativas legales, como Spotify. Y otra opción más: darle una oportunidad a aquellos que, en lugar de anunciarse incesantemente por televisión, eligen promocionarse disponiendo su trabajo en la red, que quieren ser realmente merecedores de que la gente reconozca su trabajo al comprarlo.
[Desde luego, la ley no debería descuidar que la red también nos está sirviendo para archivar y disponer de un sinfín de contenidos que, por falta de público, no han supuesto una buena inversión. Aquí confieso que he tirado de alguno de esos portales para poder volver a ver series de televisión olvidadas y que, por no ser rentables, no se han editado nunca en vídeo, y que algún alma desinteresada ha rescatado de los escombros. No puede ser que los derechos de autor se utilicen, de ninguna manera, para condenar esos trabajos.]
La música en la que participan Britanny, Balancé y Shawarma está industrializada, y las leyes de la industria son las que son, porque no son cultura; el Reina Sofía es público y un día a la semana, no recuerdo cuál, es gratuito. Seré demasiado optimista, pero quizá cuando la gente vuelva a verse obligada a pagar por la música más patrocinada, quizá se plantee si merece la pena continuar seguiéndolo el juego a las cuatro vocalistas elegidas por los medios. Quizá las descargas ilegales también hagan daño a esos famosos personajes, pero desde luego, perjudican más, por efecto dominó, a los artistas que no lo han tenido tan fácil. Quizá haya gente que, cuando esta ley salga adelante, elija escuchar otra música, y conocer el inmenso archivo, legal y gratuito, que los poetas y las redes dejan a su disposición.
Es una viñeta de Manel Fontdevila la que me ha demostrado que, a este respecto, se puede dar en el clavo. Somos humanos y nos gusta bajarnos cosas, y las teorías marcianas llegan después. Pero lo que más me da que pensar es aquello que llamamos cultura, en cuyo nombre, todo vale. Otro término que ha saltado al centro del candelabro, y que yo creía restringido a la jerga de mi gremio, es el de las industrias culturales. Pues bien, este concepto sí es muy complejo. A saber, tres asignaturas enteras, varias noches sin estudiar, y un sinfín de páginas llenas de apuntes a las que no dudaré en culpar cuando en un futuro sufra de lumbago.
Tampoco quiero dejar este tema sin sacar al crítico enfadado con el mundo que llevo dentro. A ver, ¿cómo creemos que, acaso, las industrias producen a esas estrellas a las que, tan tranquilamente, nosotros consentimos considerar portavoces de nuestra cultura? Es simple. Un musicólogo anónimo elige una progresión armónica típica [las del pop, I | VIm | IV | V, o IV | V | I, o IIm | V | I, rara vez solemos salir de esto]. Con ayuda de un programa informático, generalmente, crea una melodía que se adecúe a esa estructura, basta con que las notas de los acordes coincidan con los tiempos clave del compás. Luego, escriben una letra, siempre con un punto justo de transgresión en las formas, y llaman a un vocalista, que puede llamarse Britanny, Balancé, o Shawarma, que no sabe leer música, y a quien ayudan a imitar la melodía que ha creado el musicólogo para grabarlo. Si el resultado no convence, se contrata un arreglista, que está especializado en rellenar los huecos de la pieza con soniquetes pegadizos, o se insertan los arreglos de otros temas ya caídos en el olvido.
Lo demás, más o menos, lo conocemos. Gracias a los recursos económicos y las relaciones públicas de las casas discográficas, los medios de comunicación y las plataformas de ocio nocturno difunden incansablemente este trabajo, hasta que esa música, desprovista de todo carácter humano, es prácticamente la única referencia que tenemos. Es sinceramente imposible tener una vida social saludable, sobre todo a cierta edad, sin que se nos imponga la música de los cantantes más promocionados. Las aportaciones vocales de Britanny, Balancé y Shawarma eclipsan casi todo nuestro querido libre mercado, ése que, por encima de cualquier otra consideración, premia nuestro trabajo, nuestro talento y nuestro esfuerzo.
Bien, voy a decirlo: esto no es cultura. Y no, no pretendo desmarcarme para alimentar mi vanidad, al igual que ya dejé en el feliz pasado aquella etapa por la que todo lo minoritario era, sí o sí, mejor. Pop viene de popular, se refiere a aquella música que parte de la gente, y que gusta a la gente, sin cabriolas informáticas ni virtuosismos por encargo. Cultura es la música que se crea para decir algo, que vive un proceso artesanal, y (voy a ser muy cursi) que expresa las ansiedades, desenfados y reflexiones de un poeta.
Dicho esto, el uso generalizado que se hace de los portales de descargas no es cultural, sino industrial. Estas páginas alegales, en la actualidad, no nos están sirviendo para democratizar la red, ni para acercar al mundo a los pequeños creadores: ellos cuelgan sus trabajos, voluntariamente, en sus propias páginas. Es cierto; hay cauces para escuchar música, cultural y no, libremente, de forma legal y gratuita, y además, estas herramientas suelen ser de gran ayuda para aquellos que no cuentan con el apoyo de los grandes medios.
Tengo varias enmiendas a la ley Sinde, pero ver la oposición capitaneada por un supuesto llamamiento a la cultura hace que merezca la pena dar una respuesta. La red, legal y no, sigue copada por los mismos de siempre, y yo defiendo el derecho de los autores a ser dueños de su trabajo, al igual que me cae infinitamente mejor el musicólogo anónimo que la tal Balancé. Comprar o no un producto industrial es una opción personal, ante la que hay miles de alternativas legales, como Spotify. Y otra opción más: darle una oportunidad a aquellos que, en lugar de anunciarse incesantemente por televisión, eligen promocionarse disponiendo su trabajo en la red, que quieren ser realmente merecedores de que la gente reconozca su trabajo al comprarlo.
[Desde luego, la ley no debería descuidar que la red también nos está sirviendo para archivar y disponer de un sinfín de contenidos que, por falta de público, no han supuesto una buena inversión. Aquí confieso que he tirado de alguno de esos portales para poder volver a ver series de televisión olvidadas y que, por no ser rentables, no se han editado nunca en vídeo, y que algún alma desinteresada ha rescatado de los escombros. No puede ser que los derechos de autor se utilicen, de ninguna manera, para condenar esos trabajos.]
La música en la que participan Britanny, Balancé y Shawarma está industrializada, y las leyes de la industria son las que son, porque no son cultura; el Reina Sofía es público y un día a la semana, no recuerdo cuál, es gratuito. Seré demasiado optimista, pero quizá cuando la gente vuelva a verse obligada a pagar por la música más patrocinada, quizá se plantee si merece la pena continuar seguiéndolo el juego a las cuatro vocalistas elegidas por los medios. Quizá las descargas ilegales también hagan daño a esos famosos personajes, pero desde luego, perjudican más, por efecto dominó, a los artistas que no lo han tenido tan fácil. Quizá haya gente que, cuando esta ley salga adelante, elija escuchar otra música, y conocer el inmenso archivo, legal y gratuito, que los poetas y las redes dejan a su disposición.
1 comentarios:
"Quizá haya gente que, cuando esta ley salga adelante, elija escuchar otra música, y conocer el inmenso archivo, legal y gratuito, que los poetas y las redes dejan a su disposición"
Este comentario parece una broma.
Igor
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