Feliz picaresca
La derecha ha ocupado hoy una parte importante del tiempo que he dedicado a enterarme de cómo iba el mundo, y me han llamado la atención especialmente dos titulares: la financiación ilegal del PP en Madrid y las aventuras con menores de Sánchez Dragó. Los dos hablan sobre personas con responsabilidades; en ambos se ha cometido un delito, y en ninguno se encuentra algún gesto de disculpa o arrepentimiento. Sí, mi impresión ahora que termina el día es que mi país está lleno de gañanes.
Coincido, sobre todo, con el análisis que desarrolla el autor del último artículo. La forma que tiene la derecha de hacer oposición es la de la chulería. No sólo son los morritos de aquella y los traguitos al volante, sino que llegan a reírse de una impunidad legal que, por desgracia, no es imaginada, sino efectiva. Parece que los delitos -en el caso de Sánchez Dragó yo llamaría crímenes- han prescrito, por lo que los protagonistas de estas noticias van a escapar de padecer el castigo que, con otra suerte, habrían tenido que padecer.
Suele haber una respuesta para esto, y la hemos oído en incontables ocasiones. La culpa es -y sólo es- de los políticos, que son todos iguales, que juegan sucio, que son una clase, y llegamos tarde si pretendemos que alguien se escandalice por una trama de corrupción más. No lo tengo tan claro; si he elegido escribir estas líneas, de hecho, es por las pequeñas cosas que el periplo de Esperanza Aguirre y el de Sánchez Dragó tienen en común: no sólo seguirán siendo, después de esto, líderes y lidereses, sino que hay algo que funciona en su forma de escapar de la ley, de la picaresca con que se permiten confesar, frente al micrófono, los crímenes que cualquier ciudadano, por miedo a la exclusión, callaría.
Quizá su forma de honradez sea, precisamente, cumpliendo con el personaje que se ha creado en torno a ellos. Estoy seguro de que una disculpa podría decepcionar a una buena parte de las personas que les han subido a los atriles. Porque es probable que haya gente que se sienta más protegida y segura si su presidenta trabaja en la indiferencia sistemática, si sonríe mientras admite que bloquea los programas del gobierno central cuando llegan a Madrid, si se burla de las familias que no llegan a fin de mes, y hoy, por fin lo sabemos, si se sitúa por encima de la ley que se aplica a quienes no ocupan su cargo. Sólo espero que ése nunca sea el electorado al que nos dirigimos nosotros.
Coincido, sobre todo, con el análisis que desarrolla el autor del último artículo. La forma que tiene la derecha de hacer oposición es la de la chulería. No sólo son los morritos de aquella y los traguitos al volante, sino que llegan a reírse de una impunidad legal que, por desgracia, no es imaginada, sino efectiva. Parece que los delitos -en el caso de Sánchez Dragó yo llamaría crímenes- han prescrito, por lo que los protagonistas de estas noticias van a escapar de padecer el castigo que, con otra suerte, habrían tenido que padecer.
Pero ¿y la condena moral? Ah, me temo que la derecha jamás ha oído hablar de eso, y es curioso. Nadie va a plantear, siquiera, que lo más razonable es que estas dos personas abandonen la vida pública. Un compañero preguntaba al mundo, a través de las redes sociales, cómo era posible que el sueldo de Cospedal estuviera copando los medios de comunicación y creando más revuelo que la trama de corrupción con la que Esperanza Aguirre pagó su viaje hacia la presidencia.
Suele haber una respuesta para esto, y la hemos oído en incontables ocasiones. La culpa es -y sólo es- de los políticos, que son todos iguales, que juegan sucio, que son una clase, y llegamos tarde si pretendemos que alguien se escandalice por una trama de corrupción más. No lo tengo tan claro; si he elegido escribir estas líneas, de hecho, es por las pequeñas cosas que el periplo de Esperanza Aguirre y el de Sánchez Dragó tienen en común: no sólo seguirán siendo, después de esto, líderes y lidereses, sino que hay algo que funciona en su forma de escapar de la ley, de la picaresca con que se permiten confesar, frente al micrófono, los crímenes que cualquier ciudadano, por miedo a la exclusión, callaría.
Quizá su forma de honradez sea, precisamente, cumpliendo con el personaje que se ha creado en torno a ellos. Estoy seguro de que una disculpa podría decepcionar a una buena parte de las personas que les han subido a los atriles. Porque es probable que haya gente que se sienta más protegida y segura si su presidenta trabaja en la indiferencia sistemática, si sonríe mientras admite que bloquea los programas del gobierno central cuando llegan a Madrid, si se burla de las familias que no llegan a fin de mes, y hoy, por fin lo sabemos, si se sitúa por encima de la ley que se aplica a quienes no ocupan su cargo. Sólo espero que ése nunca sea el electorado al que nos dirigimos nosotros.
2 comentarios:
¿Pero por qué a todos los que os dedicáis a la política se os nota con leeros cuatro líneas? Qué cansinos sois, no tenéis nada que decir.
Increible que la entrada le haya producido ese sentimiento a la persona que ha vertido el comentario anterior. Acaso la derecha ha dejado tan aletargadas las conciencias de los madrileños que dos delitos de esta magnitud nos dejan indiferentes.
Además de esa idea que inocula la derecha casposa de los políticos son malos, así que escójanos a nosotros que no somos políticos, esa estrategia que en boca de Berlusconi suena creible, puesto que la gente piensa que en realidad es un humorista y que su peor chiste es el de ser primer ministro italiano.
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