Y con esta gente, ¿qué se hace?
Hace pocos días supe que el reclamo de las fiestas patronales de un pueblo había consistido en maltratar a una ternera hasta la muerte. Y generalmente, los aspectos más impactantes de una noticia se recogen en su titular, la entradilla o en sus primeras líneas. Pero creo que ni una sola parte del texto que leí me dejó indiferente.
Todo sucedió en una plaza de toros, había una gran cantidad de gente mirando, la policía no intervino, y lo mejor de todo: los responsables del ayuntamiento, que estaban allí, soltaron otra vaquilla cuando la primera ya no pudo dar juego.
Vivir al margen de la violencia es un derecho improbable; hay mucha gente que se muere por desatar su pena a golpes contra los demás. A veces hay peleas en algún bar, la gente interviene, y si no, los empleados del local. Pero todo suele quedar en un susto, y la condena no tarda en llegar.
Hoy todos nos escandalizamos -socialmente al menos- de lo que sucedió en este ruedo. Pero es verdad que hubo algún motivo por el que esa gente que siempre toma parte para poner fin a las agresiones no hizo nada al ver lo que sucedía. Hoy, ese ayuntamiento ha intentado calmar las polémicas prohibiendo la suelta de vaquillas. Pero en su momento no hizo nada, y es más, entregó a esos chavales otra ternera mientras la primera agonizaba.
Daremos por hecho que no hubiera pasado lo mismo si hubieran maltratado a una persona, pero ¿y si se hubiera tratado de otro animal? Imagino que la reacción del público no hubiera sido la misma, aunque no es posible saberlo. Este caso de tortura, en concreto, sí se permitió, con la complicidad del público y de las autoridades, y es fácil deducir el porqué: estaban en una plaza de toros y en un evento relacionado con la tauromaquia. La violencia que se ejerció contra esta vaquilla fue espontánea y vandálica, pero si no hubiera una relación de semejanza entre lo que conocemos como fiesta nacional y eventos como éste, el final de esta historia hubiera sido diferente.
Esos chavales tienen la culpa de lo que sucedió, pero no son los únicos: está la policía, que no intervino, a pesar de que tenían la obligación legal de hacerlo; los espectadores, que jalearon a unos desgraciados; y las autoridades políticas, que no pusieron fin inmediatamente a la suelta. Y sí, tengo para más: una fiesta parecida a ésta, que se considera un arte, y que nos vende como la romántica lucha entre el hombre y la bestia lo que en realidad es un regodeo inexplicable ante la agonía de un animal.
Todo sucedió en una plaza de toros, había una gran cantidad de gente mirando, la policía no intervino, y lo mejor de todo: los responsables del ayuntamiento, que estaban allí, soltaron otra vaquilla cuando la primera ya no pudo dar juego.
Vivir al margen de la violencia es un derecho improbable; hay mucha gente que se muere por desatar su pena a golpes contra los demás. A veces hay peleas en algún bar, la gente interviene, y si no, los empleados del local. Pero todo suele quedar en un susto, y la condena no tarda en llegar.
Hoy todos nos escandalizamos -socialmente al menos- de lo que sucedió en este ruedo. Pero es verdad que hubo algún motivo por el que esa gente que siempre toma parte para poner fin a las agresiones no hizo nada al ver lo que sucedía. Hoy, ese ayuntamiento ha intentado calmar las polémicas prohibiendo la suelta de vaquillas. Pero en su momento no hizo nada, y es más, entregó a esos chavales otra ternera mientras la primera agonizaba.
Daremos por hecho que no hubiera pasado lo mismo si hubieran maltratado a una persona, pero ¿y si se hubiera tratado de otro animal? Imagino que la reacción del público no hubiera sido la misma, aunque no es posible saberlo. Este caso de tortura, en concreto, sí se permitió, con la complicidad del público y de las autoridades, y es fácil deducir el porqué: estaban en una plaza de toros y en un evento relacionado con la tauromaquia. La violencia que se ejerció contra esta vaquilla fue espontánea y vandálica, pero si no hubiera una relación de semejanza entre lo que conocemos como fiesta nacional y eventos como éste, el final de esta historia hubiera sido diferente.
Esos chavales tienen la culpa de lo que sucedió, pero no son los únicos: está la policía, que no intervino, a pesar de que tenían la obligación legal de hacerlo; los espectadores, que jalearon a unos desgraciados; y las autoridades políticas, que no pusieron fin inmediatamente a la suelta. Y sí, tengo para más: una fiesta parecida a ésta, que se considera un arte, y que nos vende como la romántica lucha entre el hombre y la bestia lo que en realidad es un regodeo inexplicable ante la agonía de un animal.
¿Cuál es la diferencia entre una cosa y otra? ¿Los trajes de luces, la marcha del toreador haciendo la entrada? ¿La supuesta vida llena de lujos que se da al animal antes de morir? ¿Los elevados sueldos de que gozan los toreros? En las imágenes vemos algo que es aún más miserable que lo que tiene lugar en las lidias, es cierto, pero no serían concebibles si no tuvieran algo en común con aquello que se pretende llamar fiesta, y que por cierto, aquí en Madrid pronto podría protegerse legalmente como un bien de interés cultural.
Y no, esta abstracción no borra la responsabilidad de nadie. Los chicos deberían verse privados de su libertad por un tiempo, y además recibir una condena unánime por parte de la opinión pública, porque tienen que ser unos auténticos canallas -por no decir algo peor- para poder disfrutar de algo como esto. El alcalde, dimitir, si quiere tener, a estas alturas, alguna posibilidad de limpiar su imagen; porque no ha reaccionado ante lo que sucedió en la plaza, sino al ver la repercusión mediática que ha tenido.
Los demás deberíamos reflexionar sobre lo que consideramos arte y, en realidad, nuestro sistema de valores, si hemos dado pie a que, en nuestra sociedad, se siga tratando con simpatía, y a veces desde el heroísmo, a aquello que está relacionado con la violencia.
Y no, esta abstracción no borra la responsabilidad de nadie. Los chicos deberían verse privados de su libertad por un tiempo, y además recibir una condena unánime por parte de la opinión pública, porque tienen que ser unos auténticos canallas -por no decir algo peor- para poder disfrutar de algo como esto. El alcalde, dimitir, si quiere tener, a estas alturas, alguna posibilidad de limpiar su imagen; porque no ha reaccionado ante lo que sucedió en la plaza, sino al ver la repercusión mediática que ha tenido.
Los demás deberíamos reflexionar sobre lo que consideramos arte y, en realidad, nuestro sistema de valores, si hemos dado pie a que, en nuestra sociedad, se siga tratando con simpatía, y a veces desde el heroísmo, a aquello que está relacionado con la violencia.
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