La otra mejilla

Habría un sinfín de tópicos sobre los que escribir, pero lo que me ha entristecido hasta el punto de querer sentarme aquí, hoy, es el que puede ser el desenlace de la querella contra el juez Garzón -y sí, soy consciente de que ya es la tercera vez que hablo sobre este tema-. Argentina no investigará los crímenes del franquismo. En un país de locos, la única esperanza queda en el extranjero; y estos mecanismos funcionan cuando Occidente pregunta y el Sur responde, pero nunca al revés.

Me gustaría saber qué pasará el martes en la Carrera de San Jerónimo cuando un pequeño grupo político proponga derogar la ley de punto y final. En Latinoamérica ya lo se hizo; en Alemania es ilegal hacer apología del nazismo. Sin embargo, lo más probable es que, cuando dentro de dos días se intente cambiar la ley para que se pueda hablar del franquismo como un crimen, la Cámara Baja diga que no.

¿Por qué aquí, a diferencia de lo que ha sucedido en el resto de democracias, nos cuesta tanto dar este paso? Han pasado más de treinta años, y yo diría que nada está en peligro. Investigar la dictadura sería una maniobra tan inofensiva como simbólica. Como dicen las asociaciones, se juzgarían crímenes, no criminales.

Nuestras ambiciones son infinitamente más pequeñas que las que hemos visto en otros casos y, sin embargo, parecemos condenados a conceder la otra mejilla. Quizá un castigo justo por nuestra pereza, por haber esperado, en vez de haber luchado. Pedimos la mitad de la mitad de lo que podríamos exigir y la respuesta, una vez más, es no. En este país nunca habrá un Nüremberg.

Los crímenes cometidos por los republicanos fueron castigados, y lo que no fueron crímenes, también. Todas las familias relacionadas con el régimen sacaron de los bosques y de las cunetas a los suyos y, sin embargo, hay quien considera ofensivo que hoy alguien quiera hacer lo mismo. La restauración que pedimos no es militar ni civil; creo que ni siquiera es tangible. Se trata de que, mañana, quienes fueron represaliados puedan seguir y terminar sus vidas con el reconocimiento debido. Que aquellas condenas generadas por el franquismo se extingan; que nadie cuente con antecedentes penales porque sí. Hay perezas, papeles, burocracias que siguen castigando la dignidad de personas que trabajaron por las libertades que tenemos hoy.

Quizá el esfuerzo más inmediato de la Transición sí implicara a las dos partes por igual, pero a largo plazo hemos visto una de sus condiciones fundamentales; que aquellos que fueron privilegiados por el franquismo siguieran siéndolo después. Los regalos materiales se han mantenido con el tiempo y han permanecido sólo en uno de los lados; creo que siempre dimos por perdida esta causa. Ahora, no permitir siquiera el honor de aquellos que padecieron la dictadura, es un ejercicio de alevosía.