Tienen un trato

Coincidiendo con el pleno debate mediático sobre el modelo de financiación -el cual, definitivamente, no se puede exponer en las dos líneas de un titular, y bien leído me parede muy completo-, ha tenido lugar en la Complutense el curso España y sus nacionalismos.

Oír divagar con sinceridad a algún jurista, y a algún historiador, sobre el de dónde venimos y a dónde vamos de la España plural me ha animado a expresarme a mí también. Me preocupan, en primer lugar, varias cosas, ya que hay temas en los que en cuanto uno no suelta más que un balido de oveja, se hieren sensibilidades e incluso se corre el riesgo de que le llamen facha.

Pienso en los partidos nacionalistas. Existen en todas las partes del mundo, pero aquí, mantienen como reclamo una prosa del viajero: el protagonista o yo se presenta a las elecciones en su nación/región/país, diciendo a los suyos que marchará lejos, hasta donde no se ve la playa, para negociar tenazmente con el otro lo mejor para su tierra.

El Parlamento debería ser un lugar de encuentro de diferentes sensibilidades, de gente dispuesta a hacer política, y sin embargo, se llena de caudillos cuya estrategia política gira en torno a un soez lo mío pa mi saco. Y me pregunto si a ese tipo de voz, centrada en lo local, en una causa concreta, se le puede llamar ideología.

El qué hacer con las autonomías, el modelo de Estado que queremos, es desde luego una preocupación política, en tanto se puede extrapolar a todos los ciudadanos, y todas las naciones/regiones/países que hay en España. En realidad, el nacionalismo es una ideología, porque es una explicación del mundo y de la realidad que nos rodea. Pero aquí, lamentablemente, la práctica nos lleva por derroteros muy distintos.

Creo que sería muy positivo, para la agenda política de este país, que se sacara el dónde está lo mío de las cámaras legislativas, y también que la sociedad se diera cuenta de que esas reivindicaciones, aunque han ocupado el espacio de la política, tienen una naturaleza diferente. No peor, ni menos legítima, pero sí diferente.


Quién excluye a quién

El Orgullo terminó. Y me quedo, entre otras cosas, con lo curioso que es que en algunas ciudades se haya convertido en tradición celebrar dos marchas diferentes, convocadas por entidades ajenas. En Barcelona, el 27 de junio era la manifestación no oficial, pancartera, agitada y festiva, aunque menos agradable a la sensibilidad de los medios de comunicación. Al día siguiente, un desfile oficial, que contaba con el apoyo del Govern y de las principales asociaciones de empresarios del sector. Muy vistoso, pero con un lema sin más contenido que Bienvenidos al pride de Barcelona.

En Madrid también han empezado a aparecer, más tarde, actividades paralelas a la manifestación estatal; la más multitudinaria, una manifestación que precedía en una semana a la convocada por la FELGTB. Detrás andan los grupos de izquierda que, en Madrid, ya empiezan a sonarnos: se quieren apuntar el tanto del Patio Maravillas y todo lo que hacen, desde emborracharse hasta montar un guiñol, es en nombre del anticapitalismo. Los demás somos unos repugnantes burgueses o, aún más insultante, unas pobres marionetas desorientadas que no saben lo que hacen.

Aunque comparto algunas de las ideas de estos colectivos, sobre todo en las que tradicionalmente les ha separado del Orgullo oficial -en lo que se refiere a la presencia de empresas privadas-, yo acudí a la convocatoria del 4 de julio. No sólo porque recuerdo perfectamente los encuentros en los que se eligió el lema de la manifestación, y creo que esos grupos podrían haber estado allí mismo, si hubieran querido, construyendo las reivindicaciones con los demás, sino porque en Madrid creo que, por suerte, la marcha principal deja sitio para aquellos que queremos ondear una bandera, y también para quienes quieren simplemente tomar la calle en estos días en que normales somos todos.

Los antisistema arremeten contra la estética imperante y superficial de las fiestas. Y yo, sé que no tengo nada en común con las llamadas musculocas, con los osos, con la gente que alquila una habitación frente a la Gran Vía para exhibirse delante de todos los manifestantes, o que se untan el trasero con brillantina. No soy así, pero no necesito serlo, ni necesito que ellos sean como yo para poder disfrutar de ese día. Lo importante para mí es que estamos ahí, bajo el reclamo que sea, y aunque la inmensa mayoría de la gente que acude a la manifestación lo haga porque es divertido, siempre pensé que su sola presencia era un acto político. ¿Tenemos que ser todos iguales para poder marchar juntos? Pensaba que estas fiestas eran las de la diversidad.

No hay que enviar mensajes unidireccionales ni excluyentes, más bien creo que hay que trabajar en dos direcciones diferentes: la primera, asegurarnos de que la gente entiende que lo único que caracteriza a una persona homosexual o bisexual es una orientación sexual, tal y como sucede con la población heterosexual, los hay de todos los colores, promiscuidades, conductas y clases sociales. Éste es un mensaje en el que todavía hay que insistir.

Pero también es importante decir -y aquí entra el trabajo de todos los pintorescos personajes que he mencionado antes- que no hay por qué ser normal. Que no hay que ir perdonando la vida al que, homosexual o heterosexual, decide ser diferente, dejarse panza y pelo por todo el cuerpo, y dedicarse todo el santo día a la cópula. Que son personas que existen, están ahí, y llevan una vida diferente, no porque sean homosexuales, sino porque han elegido hacerlo.

Y no somos nadie para juzgarles. Por lo menos, ellos salen un día a la calle y se muestran tal y como son ¿lo hacen todos los maridos que engañan a sus mujeres, los matrimonios que hacen intercambios de parejas, y los jóvenes y viejos que suelen rematar la noche de fiesta yéndose de putas? Creo que si estas fiestas les molestan es porque son para ellos, y todo lo que esconden, una auténtica bofetada en la cara.