Tienen un trato
Coincidiendo con el pleno debate mediático sobre el modelo de financiación -el cual, definitivamente, no se puede exponer en las dos líneas de un titular, y bien leído me parede muy completo-, ha tenido lugar en la Complutense el curso España y sus nacionalismos.
Oír divagar con sinceridad a algún jurista, y a algún historiador, sobre el de dónde venimos y a dónde vamos de la España plural me ha animado a expresarme a mí también. Me preocupan, en primer lugar, varias cosas, ya que hay temas en los que en cuanto uno no suelta más que un balido de oveja, se hieren sensibilidades e incluso se corre el riesgo de que le llamen facha.
Pienso en los partidos nacionalistas. Existen en todas las partes del mundo, pero aquí, mantienen como reclamo una prosa del viajero: el protagonista o yo se presenta a las elecciones en su nación/región/país, diciendo a los suyos que marchará lejos, hasta donde no se ve la playa, para negociar tenazmente con el otro lo mejor para su tierra.
El Parlamento debería ser un lugar de encuentro de diferentes sensibilidades, de gente dispuesta a hacer política, y sin embargo, se llena de caudillos cuya estrategia política gira en torno a un soez lo mío pa mi saco. Y me pregunto si a ese tipo de voz, centrada en lo local, en una causa concreta, se le puede llamar ideología.
El qué hacer con las autonomías, el modelo de Estado que queremos, es desde luego una preocupación política, en tanto se puede extrapolar a todos los ciudadanos, y todas las naciones/regiones/países que hay en España. En realidad, el nacionalismo es una ideología, porque es una explicación del mundo y de la realidad que nos rodea. Pero aquí, lamentablemente, la práctica nos lleva por derroteros muy distintos.
Creo que sería muy positivo, para la agenda política de este país, que se sacara el dónde está lo mío de las cámaras legislativas, y también que la sociedad se diera cuenta de que esas reivindicaciones, aunque han ocupado el espacio de la política, tienen una naturaleza diferente. No peor, ni menos legítima, pero sí diferente.
Oír divagar con sinceridad a algún jurista, y a algún historiador, sobre el de dónde venimos y a dónde vamos de la España plural me ha animado a expresarme a mí también. Me preocupan, en primer lugar, varias cosas, ya que hay temas en los que en cuanto uno no suelta más que un balido de oveja, se hieren sensibilidades e incluso se corre el riesgo de que le llamen facha.
Pienso en los partidos nacionalistas. Existen en todas las partes del mundo, pero aquí, mantienen como reclamo una prosa del viajero: el protagonista o yo se presenta a las elecciones en su nación/región/país, diciendo a los suyos que marchará lejos, hasta donde no se ve la playa, para negociar tenazmente con el otro lo mejor para su tierra.
El Parlamento debería ser un lugar de encuentro de diferentes sensibilidades, de gente dispuesta a hacer política, y sin embargo, se llena de caudillos cuya estrategia política gira en torno a un soez lo mío pa mi saco. Y me pregunto si a ese tipo de voz, centrada en lo local, en una causa concreta, se le puede llamar ideología.
El qué hacer con las autonomías, el modelo de Estado que queremos, es desde luego una preocupación política, en tanto se puede extrapolar a todos los ciudadanos, y todas las naciones/regiones/países que hay en España. En realidad, el nacionalismo es una ideología, porque es una explicación del mundo y de la realidad que nos rodea. Pero aquí, lamentablemente, la práctica nos lleva por derroteros muy distintos.
Creo que sería muy positivo, para la agenda política de este país, que se sacara el dónde está lo mío de las cámaras legislativas, y también que la sociedad se diera cuenta de que esas reivindicaciones, aunque han ocupado el espacio de la política, tienen una naturaleza diferente. No peor, ni menos legítima, pero sí diferente.