Que las dejen en paz

Apuntes de primero de carrera: el medio hace el mensaje.

Por eso, porque este medio suele ser bastante crítico, espero haberme ganado la credibilidad suficiente para que no se dude de mi sinceridad al decir que estoy al lado de la ministra de Igualdad. Que aplaudo la campaña que está llevando a cabo, en favor del derecho a decidir de las mujeres. Y que lamento que sea ella la diana a la que se están lanzando todos los dardos.

Y porque el medio hace el mensaje, también, espero que entendáis que difundo este vídeo en un sentido opuesto al que querrían darle quienes lo crearon. Aleatorio lector, no importa si lo ves ahora o al terminar con este escrito, pero deberías echarle un vistazo.

Estos cinco años de gobierno socialista me han dejado claro que a la población le chirría oír hablar de la muerte: que disgusta profundamente que se legisle acerca del dónde venimos o el a dónde vamos. Y entiendo parte del desasosiego; es una materia de la que todas las personas, ya seamos laicos o religiosos, letrados o analfabetos, sabemos lo mismo: absolutamente nada.

Somos personas, y toda nuestra vida, vamos a ser unos completos ignorantes en torno a qué es la vida, a partir de cuándo hay, o qué sucede cuando se acaba. Podemos arrimarnos a un credo o teorizar sobre la energía. Podemos, incluso, pensar que existe el alma.

Pero creo que la prudencia de lo que percibimos con nuestros sentidos debería llevarnos a legislar para quienes estamos aquí, quienes vivimos en este mundo, quienes caminamos entre el hambre y la saciedad, la angustia o la satisfacción, la sensatez o el corazón. Cuidar de quienes vayan a venir después que nosotros, aprender de quienes vivieron antes. Y crear una Justicia con mayúscula que dote de sentido a la vida de las personas, el tiempo que éstas viven.

Ya está bien de campañas dolorosas sobre un asunto que, evidentemente, es complicado. Este proyecto de ley está junto a quienes pueden perder el control sobre sus vidas y pueden evitarlo. Está dispuesto a proteger a las mujeres que no pueden ser madres, a pesar de que los últimos coletazos del machismo las quiera relegar a ese papel.

Hará un mes, una mujer se acercó a mí mientras hacía campaña en favor de la interrupción voluntaria del embarazo. Hacía muchos años que ella había abortado, pero estaba muy nerviosa, y conmovida al comprobar que un hombre pudiera preocuparse por sus derechos. Me contó que le habían hecho sentirse como una asesina, que aún hoy había quien le daba la espalda por haber terminado con su embarazo, y me dió las gracias por todo.

Sólo espero que esta campaña termine y dejen en paz a las mujeres como ella; que piensen en las personas que tomaron esa decisión tan difícil y merecen que se las deje pasar página. Que quienes se permiten teorizar sobre la vida y la muerte para hacer campaña electoral deberían, por lo menos, acercarse a hablar con ellas antes de criminalizarlas. Seguirían sin saber de dónde venimos o a dónde vamos, pero quizá recuperarían esa humildad que nos hace preocuparnos, simplemente, de las personas.


Y fingirán para nosotros otra vez



Han vuelto :)

Desde Bruselas con amor

Si cuando llegan las elecciones generales elegimos a alguien que, aparte de gobernar las competencias de la Administración central, nos represente ante el mundo, se hace evidente que la descentralización territorial confiere a las elecciones europeas, como conferirá a las autonómicas, un valor muy diferente -quizá más importante en términos sociales y económicos-.

La transferencia de competencias, aunque haya quien quiera contemplarla sólo como una ingrata consecuencia de los nacionalismos, responde también a una división lógica de los procesos de toma de decisiones. Nos ocecamos en que sólo ha habido una transferencia del Estado a las autonomías, para simplificarla; cuando no es así. Cuando paralelamente, desde 1986, en nuestro país, como en casi todos los de Europa, ha ocurrido una transferencia similar. Menos mediática, rentable, y escandalosa. Pero similar, o más relevante.

Estas dos reflexiones hacen que cada día me siga extrañando de la alta participación que suele darse en las elecciones generales, y de los bajísimos niveles que se esperan para las siguientes elecciones. Concretamente, de la abstención que se prevé en el electorado de izquierdas.

Cuesta creer que, habiendo salvado hace poco nuestras vidas de la jornada de 65 horas, la gente parezca empeñada en no darse cuenta de que las decisiones se toman en Europa. De que aproximadamente el 70% de nuestra legislación es un desarrollo de directivas europeas. Que es desde Estrasburgo y desde Bruselas desde donde, con amor, nos piden que cuidemos ese medio ambiente que a los españoles nos provoca cierta pereza intelectual, o que dejemos de echarle el humo encima a nuestro compañero de despacho.

También me gustaría decir que, por aquí, he oído que Bruselas es una delicia: que es política de verdad -y no en un sentido vertical-. El trabajo se toma muy en serio, al quedar alejado de la primera línea de los medios; los parlamentarios tienen mayor capacidad de iniciativa, lo que anima a la autocrítica dentro de los grupos parlamentarios y genera, en consecuencia, un debate más rico -o inteligente, o menos absurdo en general-.

Sé que se mantiene la impresión de que nuestro voto en las siguientes elecciones sólo consiste en darle a alguien un billete de avión, y que es muy probable no volver a tener noticias de lo que ocurrió con nuestra papeleta. Por eso, aparte de explicar nuestras propuestas, tenemos que concienciar a la gente de que allí es donde se toman las decisiones; decisiones que son más exactas y concretas de lo que nos imaginamos. Porque las cosas existen, aunque no aparezcan por televisión.

Y poesía por las fiestas de Madrid

Dejo como aperitivo para este puente unas letras más bien extranjeras que no puedo sacarme de la cabeza:


en tiempos donde nadie escucha a nadie
en tiempos donde todo es contra todos
en tiempos egoístas y mezquinos
en tiempos donde siempre estamos solos
habrá que declararse incompetente
en todas las materias de mercado


Cortesía de Fito Páez, siempre al lado del camino. El resto de los versos, para los que todavía creemos en algún istmo, puede ser ciertamente doloroso. O no, quién sabe, todo llega.


Prosa para el estado de la nación

Las campanas empiezan a sonar a las doce menos cinco. Un jaleo atraviesa los dinteles de todos los despachos, y no le importa toparse con puertas cerradas. Se instala igual por todas partes. A los pocos segundos, la agitación se vuelve tangible: una marea de trajes, pisotones, inaplazables teléfonazos y elegantes vestidos de mujer corren hacia los ascensores. Son tres en cada flanco, pero no dan para todos.

Las cámaras esperan fuera para cubrir ese minuto de gloria, y cuando ellos se acercan al pasaje de Floridablanca, envuelven sus caras en una profunda rigidez. Esta vez, están en el trabajo, y la omnipresencia de los espectacularizantes medios no va a carcomer el contenido de ningún discurso.

Elena, como el sr. Ramsay, dibuja la inteligencia humana en un alfabeto, y empieza a recorrer todas las letras hasta llegar a Q. Son muy pocas las personas que, en toda España, llegan alguna vez a Q. Allí, al menos, está Q. Se afinca en Q con todas sus fuerzas. Está segura de Q. Pueden demostrarla, pueden demostrar que las medidas anunciadas forman parte de una estructura, y que esa estructura funcionará.

Él llega, la ve, acompaña cada paso con un giro copernicano de su mirada, advirtiendo a cada uno de sus invitados que todo saldrá bien, que no lloverá. Pase lo que pase, aquello sucederá con puntualidad. No es que corra ni que se apresure; de hecho sube la escalera con cierta lentitud. Comienza cada apartado con firmeza, y, antes de pasar de página, se siente más bien inclinado a detenerse un momento y concentrarse en una sola cosa, en algo verdaderamente importante, separarlo, aislarlo, limpiarlo de todas las emociones y posibles añadiduras para después colocárselo delante y presentarlo ante el tribunal donde, reunidos en cónclave, se hallan un sinfín de improvisados jueces dispuestos a echar por tierra todas aquellas cuestiones.

Todo ha terminado. Sus invitados vuelven a ocupar cada uno de sus despachos, los teléfonos vuelven a sonar, y pasos de gigante llevan papeles de un sitio a otro como si nunca se hubieran detenido. Otras de sus señorías, las menos, esperarán pacientemente su turno junto a un micrófono que les devuelva el protagonismo que han perdido durante aquella hora.

La Carrera de San Jerónimo respirará, de nuevo, hasta las cuatro de la tarde.

Activista porque

Me subí al autobús. Los pasajeros lo habían visto, y apretaban sus caras para que el rechazo, un rechazo pretendidamente colectivo, se hiciera ver. La conductora me sonrió con algún tipo de lástima. Y todo por un beso.

Hace poco tiempo que soy activista lgtb; siempre pensé que había cosas más importantes por las que trabajar. Espacios de la política mucho más útiles que ése. Lo desmerecía, lo confieso, a fin de cuentas, este tipo de reivindicación, aunque justa, no iba a acabar con el hambre en el mundo. Me justificaba, la reforma del código civil ya se había hecho.

Los años han dejado claro que no. Es cierto que la victoria en lo legal no se hizo esperar, es más, me pilló prácticamente por sorpresa ¿pero la social, que es la real? Llegar a casa y escoger no decir que vuelvo de un encuentro de colectivos lgtb. Soltar la mano de tu pareja al cruzar por algún desafortunado camino, donde el amor pueda crear violencia. O, como he conocido este fin de semana, la convivencia día a día con el dedo acusador de la población rural. Y el conflicto de nuestros seres queridos, que no alcanzan a compartir nuestra felicidad, ni consolarnos en la derrota.

Por eso vuelvo a Madrid, de los XXI Encuentros Estatales LGTB, consciente de que no puedo dar la espalda a un colectivo que necesita de la fuerza y la creatividad de todos, y cada uno, de sus miembros. Que queda tanto por hacer, que rechazo descansar en los pequeñísimos oasis donde el activismo se estanca. Que la pedagogía y la educación son revolucionarias (porque será revolucionario superar el discurso de la tolerancia).

Vaya vaya

¿Pensaban que, dando marcha atrás, se librarían de toda la retranca mediática que iba a tener su evidente falta de humanidad? ¿Que no se iba a hacer notar, una vez más, que no son más que unas máquinas insaciables de recoger dinero?

La SGAE ha intentado hoy llevarse más de 5.000 euros, que se habían recaudado en un concierto benéfico destinado a recaudar fondos para la investigación de la enfermedad de Alexander. Todo, a iniciativa de una familia española cuyo hijo Juanma podría morir a causa de esta enfermedad degenerativa.

Así que los fabricantes de dulces sueños (cámaras, acción), aquellos que nos cuentan con cada estreno historias de pobreza, desamparo y marginación; aquellos cuyos cuentos siempre terminan con una entrañable moraleja socialdemócrata; aquellos que trabajan a la contra del inhumano capitalismo americano, pensaban quedarse con el dinero de un niño.

Y además, dan media vuelta tras comprobar que esto no es como quitarle el bolso a una vieja y salir corriendo, sino que su codicia ha sido difundida a través de casi todos los medios de comunicación. ¡Jaja! Me alegro inmensamente pensando en lo mejor para el pobre chico, y sabiendo que, obviamente, los ciudadanos ya tienen a estos señores catadísimos y en su punto.

Luego nos dirán que los socialistas somos unos anticuados desconfiando de la empresa privada en sí misma: lo que no deja de sorprenderme, que el Ministerio de Cultura se empeñe en delegar el reparto de los capitales del canon a esta entidad, en lugar de gestionar esos ingresos a través de la Administración.

Y en definitiva, que no sean más los artistas que decidan registrar sus trabajos de otras maneras, incluyendo las licencias copyleft o creative commons; lo que sea, lejos de estos tipos. El arte es arte, y no entiendo qué hace en manos de gente que, como hemos visto hoy, tiene una caja registradora en lugar de un corazón.