Las brigadas internacionales
Una de las tantas cosas en que la militancia se parece a la vida de pareja es que, a veces, nos quejamos más de los malos ratos que de aquellos buenos momentos en que uno se queda con una sonrisa de tonto todo el día sin saber por qué.
Hoy, a la vuelta de Euskadi, ha sido uno de esos días. Y esta vez, he decidido compartirlo: tengo la militancia a flor de piel, ilusión en la cara, una muy rejuvenecida confianza en la política -que espero que dure bastante-, y esperanza en la mirada -ojo, esperanza con minúscula-. Como si un nueve de noviembre me hubiera topado con un ramito de violetas.
Las brigadas internacionales hemos podido ver de cerca a un candidato muy humano, cercano y sincero. Hace sólo dos días, días que hemos aprovechado mucho, desembarcábamos con una ignorancia completa de lo que sucedía en Euskadi: conocíamos a Patxi, casi casi, de vista. No sabíamos nada de la agenda política de las Juventudes de Euskadi -Ramón Rubial de renombre-.
Euskadi nos daba miedo, porque, como hablamos nosotros a nuestros amigos de nuestras relaciones de pareja, a través de los medios sólo nos llegan de allí esos tristes episodios que tambalean la tierra y a la gente. Teníamos motivos: aquellas cosas que todos hemos visto por televisión, aunque nunca lo asimilemos con toda la consciencia -o subconsciencia- que debemos, le suceden a alguien.
Pero tardamos muy pocas horas en comprobar el valor de la gente, ésa para las que nuestra anécdota es una cotidianeidad. Y, al menos a mí, se me contagió. Compartir un cigarro con la personalidad hacia la que todos los ojos miran, pedir por la calle a gritos un voto socialista. Desenrollar la bandera y caminar por la calle de la mano de los compañeros brigadistas. Porque hay mucho que ganar. Conocer en la calle, o junto a la playa, a aquel en el que los militantes de Euskadi han depositado su confianza.
Seré un ignorante, pero nos sentimos valientes, e incluso en circunstancias que para un madrileño eran extrañas, sentía que nos correspondía estar allí estos días; formar parte de aquello.
Quizá sólo temporalmente, me he curado de un escepticismo político que me estaba empezando a aletargar. Así que gracias, Patxi, por ser persona antes que político, y compañero antes que candidato. Gracias a los militantes de Euskadi por los días y las noches. Y gracias, las más personales, a los compañeros de viaje, que han consolidado mi sonrisa. Nos vemos el domingo, cuando las elecciones pongan fin a este capítulo que guardo con mucho cariño.
Hoy, a la vuelta de Euskadi, ha sido uno de esos días. Y esta vez, he decidido compartirlo: tengo la militancia a flor de piel, ilusión en la cara, una muy rejuvenecida confianza en la política -que espero que dure bastante-, y esperanza en la mirada -ojo, esperanza con minúscula-. Como si un nueve de noviembre me hubiera topado con un ramito de violetas.
Las brigadas internacionales hemos podido ver de cerca a un candidato muy humano, cercano y sincero. Hace sólo dos días, días que hemos aprovechado mucho, desembarcábamos con una ignorancia completa de lo que sucedía en Euskadi: conocíamos a Patxi, casi casi, de vista. No sabíamos nada de la agenda política de las Juventudes de Euskadi -Ramón Rubial de renombre-.
Euskadi nos daba miedo, porque, como hablamos nosotros a nuestros amigos de nuestras relaciones de pareja, a través de los medios sólo nos llegan de allí esos tristes episodios que tambalean la tierra y a la gente. Teníamos motivos: aquellas cosas que todos hemos visto por televisión, aunque nunca lo asimilemos con toda la consciencia -o subconsciencia- que debemos, le suceden a alguien.
Pero tardamos muy pocas horas en comprobar el valor de la gente, ésa para las que nuestra anécdota es una cotidianeidad. Y, al menos a mí, se me contagió. Compartir un cigarro con la personalidad hacia la que todos los ojos miran, pedir por la calle a gritos un voto socialista. Desenrollar la bandera y caminar por la calle de la mano de los compañeros brigadistas. Porque hay mucho que ganar. Conocer en la calle, o junto a la playa, a aquel en el que los militantes de Euskadi han depositado su confianza.
Seré un ignorante, pero nos sentimos valientes, e incluso en circunstancias que para un madrileño eran extrañas, sentía que nos correspondía estar allí estos días; formar parte de aquello.
Quizá sólo temporalmente, me he curado de un escepticismo político que me estaba empezando a aletargar. Así que gracias, Patxi, por ser persona antes que político, y compañero antes que candidato. Gracias a los militantes de Euskadi por los días y las noches. Y gracias, las más personales, a los compañeros de viaje, que han consolidado mi sonrisa. Nos vemos el domingo, cuando las elecciones pongan fin a este capítulo que guardo con mucho cariño.