Colosales hipocresías
Parece ser noticia hoy que El coloso, una de las más célebres obras de nuestra pinacoteca, va a dejar de estar al lado de Los fusilamientos del tres de mayo y de Saturno devorando a sus hijos. Concretamente, para ocupar algún cómodo emplazamiento en el sótano del Museo del Prado, o quizá marcharse a Valencia para que Rita Barberá decida dónde colgarlo.
El coloso, aquel dolor de cabeza para los estudiantes de letras que preparábamos la selectividad, ha pasado en un día del cielo al suelo, al aparecer la traviesa firma de uno de los empleados del maestro en una esquina del cuadro. Vamos, que no es de Goya, sino de un anónimo Asensio Juliá, según el informe publicado hoy por el Museo del Prado.

El coloso. Asensio Juliá, 1810
No pasa de anecdótico; lo preocupante viene ahora. Según las declaraciones realizadas por el Museo del Prado, este cuadro en el que una sombra de turgentes glúteos iconiza la Guerra de la Independencia es una mierda. No soy crítico de arte, y no sé hasta qué punto la técnica del artista es rica o pobre, pero no puedo evitar reírme al pensar en todos aquellos académicos que hasta ahora loaban la destreza del pintor y calificaban esta pintura como la más madura de su obra. Unas iniciales escondidas, un giro en la trama, y donde dije digo, digo Diego: El coloso nunca fue una obra maestra. Curiosos caprichos del destino.
¿En qué quedamos, entonces? Se podría deslegitimar la grandeza del cuadro, claro, pero para ello los críticos que se empeñaron en llevar la pintura a lo más alto tendrían que confesar que lo hacían por simple seguidismo; porque pensaban que era de los últimos cuadros pintados por Goya. En definitiva, por miedo a ser expulsados de la Academia; que pensar no está mal de cuando en cuando, pero para ello hay que tener el estómago lleno.
Como no van a disculparse, deberían, por lo menos, hacer lo contrario. Dejar de atacar la obra de un ayudante, por el simple hecho de no ser propiedad del maestro, y a lo hecho, pecho. Mantener El coloso en el lugar desde el que nos ha estado engañando durante dos siglos, que yo creo que es lo que se merece. Cambiar la placa que yace al lado del lienzo, para que Asensio Juliá pueda dejar de arrendar el espacio a su mentor, y ocupar el hueco que se ha ganado en la Historia. De la mía por lo menos, ya forma parte.
Ya adelanto que ninguna de las dos opciones que he enumerado será la que finalmente se lleve a cabo. Se retirará el cuadro en silencio, y lo que se mantendrá, será el pacto de sordomudos. No importará lo que digan siquiera doscientos años de prensa. Se nos contará que El coloso en realidad no vale nada, pero eso es secundario. Lo que se subrayará, ahora que el discurso ha cambiado, es que todas aquellas élites académicas siempre lo habían sabido.


