Quién excluye a quién
El Orgullo terminó. Y me quedo, entre otras cosas, con lo curioso que es que en algunas ciudades se haya convertido en tradición celebrar dos marchas diferentes, convocadas por entidades ajenas. En Barcelona, el 27 de junio era la manifestación no oficial, pancartera, agitada y festiva, aunque menos agradable a la sensibilidad de los medios de comunicación. Al día siguiente, un desfile oficial, que contaba con el apoyo del Govern y de las principales asociaciones de empresarios del sector. Muy vistoso, pero con un lema sin más contenido que Bienvenidos al pride de Barcelona.
En Madrid también han empezado a aparecer, más tarde, actividades paralelas a la manifestación estatal; la más multitudinaria, una manifestación que precedía en una semana a la convocada por la FELGTB. Detrás andan los grupos de izquierda que, en Madrid, ya empiezan a sonarnos: se quieren apuntar el tanto del Patio Maravillas y todo lo que hacen, desde emborracharse hasta montar un guiñol, es en nombre del anticapitalismo. Los demás somos unos repugnantes burgueses o, aún más insultante, unas pobres marionetas desorientadas que no saben lo que hacen.
Aunque comparto algunas de las ideas de estos colectivos, sobre todo en las que tradicionalmente les ha separado del Orgullo oficial -en lo que se refiere a la presencia de empresas privadas-, yo acudí a la convocatoria del 4 de julio. No sólo porque recuerdo perfectamente los encuentros en los que se eligió el lema de la manifestación, y creo que esos grupos podrían haber estado allí mismo, si hubieran querido, construyendo las reivindicaciones con los demás, sino porque en Madrid creo que, por suerte, la marcha principal deja sitio para aquellos que queremos ondear una bandera, y también para quienes quieren simplemente tomar la calle en estos días en que normales somos todos.
Los antisistema arremeten contra la estética imperante y superficial de las fiestas. Y yo, sé que no tengo nada en común con las llamadas musculocas, con los osos, con la gente que alquila una habitación frente a la Gran Vía para exhibirse delante de todos los manifestantes, o que se untan el trasero con brillantina. No soy así, pero no necesito serlo, ni necesito que ellos sean como yo para poder disfrutar de ese día. Lo importante para mí es que estamos ahí, bajo el reclamo que sea, y aunque la inmensa mayoría de la gente que acude a la manifestación lo haga porque es divertido, siempre pensé que su sola presencia era un acto político. ¿Tenemos que ser todos iguales para poder marchar juntos? Pensaba que estas fiestas eran las de la diversidad.
No hay que enviar mensajes unidireccionales ni excluyentes, más bien creo que hay que trabajar en dos direcciones diferentes: la primera, asegurarnos de que la gente entiende que lo único que caracteriza a una persona homosexual o bisexual es una orientación sexual, tal y como sucede con la población heterosexual, los hay de todos los colores, promiscuidades, conductas y clases sociales. Éste es un mensaje en el que todavía hay que insistir.
Pero también es importante decir -y aquí entra el trabajo de todos los pintorescos personajes que he mencionado antes- que no hay por qué ser normal. Que no hay que ir perdonando la vida al que, homosexual o heterosexual, decide ser diferente, dejarse panza y pelo por todo el cuerpo, y dedicarse todo el santo día a la cópula. Que son personas que existen, están ahí, y llevan una vida diferente, no porque sean homosexuales, sino porque han elegido hacerlo.
Y no somos nadie para juzgarles. Por lo menos, ellos salen un día a la calle y se muestran tal y como son ¿lo hacen todos los maridos que engañan a sus mujeres, los matrimonios que hacen intercambios de parejas, y los jóvenes y viejos que suelen rematar la noche de fiesta yéndose de putas? Creo que si estas fiestas les molestan es porque son para ellos, y todo lo que esconden, una auténtica bofetada en la cara.
Aunque comparto algunas de las ideas de estos colectivos, sobre todo en las que tradicionalmente les ha separado del Orgullo oficial -en lo que se refiere a la presencia de empresas privadas-, yo acudí a la convocatoria del 4 de julio. No sólo porque recuerdo perfectamente los encuentros en los que se eligió el lema de la manifestación, y creo que esos grupos podrían haber estado allí mismo, si hubieran querido, construyendo las reivindicaciones con los demás, sino porque en Madrid creo que, por suerte, la marcha principal deja sitio para aquellos que queremos ondear una bandera, y también para quienes quieren simplemente tomar la calle en estos días en que normales somos todos.
Los antisistema arremeten contra la estética imperante y superficial de las fiestas. Y yo, sé que no tengo nada en común con las llamadas musculocas, con los osos, con la gente que alquila una habitación frente a la Gran Vía para exhibirse delante de todos los manifestantes, o que se untan el trasero con brillantina. No soy así, pero no necesito serlo, ni necesito que ellos sean como yo para poder disfrutar de ese día. Lo importante para mí es que estamos ahí, bajo el reclamo que sea, y aunque la inmensa mayoría de la gente que acude a la manifestación lo haga porque es divertido, siempre pensé que su sola presencia era un acto político. ¿Tenemos que ser todos iguales para poder marchar juntos? Pensaba que estas fiestas eran las de la diversidad.
No hay que enviar mensajes unidireccionales ni excluyentes, más bien creo que hay que trabajar en dos direcciones diferentes: la primera, asegurarnos de que la gente entiende que lo único que caracteriza a una persona homosexual o bisexual es una orientación sexual, tal y como sucede con la población heterosexual, los hay de todos los colores, promiscuidades, conductas y clases sociales. Éste es un mensaje en el que todavía hay que insistir.
Pero también es importante decir -y aquí entra el trabajo de todos los pintorescos personajes que he mencionado antes- que no hay por qué ser normal. Que no hay que ir perdonando la vida al que, homosexual o heterosexual, decide ser diferente, dejarse panza y pelo por todo el cuerpo, y dedicarse todo el santo día a la cópula. Que son personas que existen, están ahí, y llevan una vida diferente, no porque sean homosexuales, sino porque han elegido hacerlo.
Y no somos nadie para juzgarles. Por lo menos, ellos salen un día a la calle y se muestran tal y como son ¿lo hacen todos los maridos que engañan a sus mujeres, los matrimonios que hacen intercambios de parejas, y los jóvenes y viejos que suelen rematar la noche de fiesta yéndose de putas? Creo que si estas fiestas les molestan es porque son para ellos, y todo lo que esconden, una auténtica bofetada en la cara.
1 comentarios:
Vale se que ha pasado mucho tiempo desde el orgullo, y conmulgo con tus apuntes sobre los grupos antisistema. Solo lanzaré una pequeña pulla referida a lo de que cualquiera pueda ondear una bandera. Yo fui con una chica que ni pertenecia al LGBT ni habia ido nunca a un orgullo y me decía. Pero esta gente que pinta aqui? porque ondean banderas del psoe ? para acto seguido aun mas perpleja reparar en los de izda unida que acompañaban las de su partido con banderas republicanas, e interrogandome sobre que tenía q ver el orgullo gay con la republica o la campaña política o una serie de personas con pancartas reclamando toda suerte de cosas que tampoco tenían nada que ver con temas puramente referidos al colectivo LGBT. Yo solo pude responderle pues ya ves... asi es la gente chica. No lo digo por el signo político ni la ideología representada, solo porque la diversidad esta muy bien y estoy deacuerdo con que exista, al igual q no entiendo q se hagan varias manifestaciones con el mismo tema y distinto convocante ni en este dia ni en ningun otro. Pero a mi parecer toda bandera que no tenga los sabidos 6 colores, pega tanto en ese desfile como la bandera de la republica turcochipriota reclamando su reconocimiento como estado. Un beso
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