Europa y simulacro
Me he hecho esperar en mi reflexión sobre los resultados de las últimas elecciones, pero no ha sido de forma intencionada.
Para empezar, sólo decir que no creo en la masa, uniforme y descifrable, de la que he oído hablar a casi todos los portavoces políticos desde que terminaran las elecciones. No sé qué habrán estudiado la mayoría de ellos, pero las teorías de la comunicación que estudiaban al individuo como a un bloque de hormigón fueron pocas, y descartadas con rapidez.
Ahora, también convendría aclarar que en estas elecciones es difícil dirigir la responsabilidad hacia nadie en concreto. No ayuda, desde luego, que en plena resaca electoral mostremos en los medios a un arsenal de altos cargos que, cada uno por su lado, aseguran que "no han sido ellos".
Sobre Madrid. Compañero, sabes que salvo casos de extrema falta a los valores que yacen tras nuestras siglas, pocas veces me he dirigido a ti. ¿Cómo que estos resultados auguran una caída del gobierno de Esperanza Aguirre? ¿Porque ha decelerado la cantidad de votos que suman?
¿Nuestra estrategia electoral es esperar a que el PP pierda las elecciones? Pues apaga y vámonos. Hemos perdido una infinidad de votos en la Comunidad, en el Ayuntamiento de Madrid, y en otro que queda un poco más al sur un 16%. Y no, no creo que la culpa sea de nadie.
Mi análisis, dicho esto, viene a ser bastante sencillo. Si me pidieran que votara por el David de Miguel Ángel, lo haría. Pero quizá me lo pensara un poco, o ni me tomara la molestia de pensar, para votar por la imitación que se encuentra en Roma.
Y eso es lo que ha sido de nosotros. Quizá no una copia, pero sí un simulacro de otro partido, cuya base no es la nuestra, cuyo fundamento ideológico es muy diferente. Y los sentimientos que se supone nos inspiran, desde luego, no se materializan en las medidas que llevamos a cabo. Podemos revestirnos de demócratas y beber todo lo que queramos de quienes han sufrido el peor golpe de la derecha. Pero mientras ellos continúan inamovibles, nosotros no dejamos de desplazarnos hacia donde están ellos, buscando una flexible síntesis entre un ideal y otro. Síntesis que cada vez resulta más artificial.
Me voy a 1989, aunque parezca una locura. Un sistema cayó por su propio peso. Se hizo evidente que la gente no lo compartía, que prefería la falta de equidad del capitalismo a la falta de eficiencia del comunismo. El proceso fue complejo, casi una tormenta perfecta, pero el mensaje que se lanzó al mundo, sin embargo, fue simple: el único sistema que funcionaba en este mundo era el capitalismo, y todo lo demás olía a subdesarrollo. Y así, se empezó a legitimar que en Europa los partidos de izquierdas viajaran al centro, y que lo público pareciera abocado a un lento proceso de extinción.
Veinte años después, colapsa el capitalismo. Y nosotros ¿hemos hecho un discurso coherente con la situación en la que vivíamos? ¿O le hemos puesto un par de parches? Si todo este tiempo, desde 1989, los socialistas hemos tenido las manos atadas por la mala experiencia de los países de Este, ¿por qué no hemos hecho nosotros un discurso, con esta otra realidad en la mano, para mandar al capitalismo también al cajón de la historia? Había contexto para hacerlo.
Cuando entré en este partido, lo hice pensando que era, de alguna manera, la izquierda responsable. Y no hemos hecho izquierda. Darnos afectuosos y, sobre todo, mediáticos abrazos con Florentino Pérez no es de izquierdas. Que no estemos, gobierne quien gobierne, en la calle, junto a esas personas a las que han despedido, no es de izquierdas. Que dejemos que valores como la equidad entre clases queden abandonadas en el armario de lo políticamente incorrecto no es de izquierdas. Y que suprimamos porque sí, sin que nadie nos lo pida, el impuesto sobre el patrimonio, tampoco -llevaba arrastrando esta espinita bastante tiempo-.
Por esto creo que hemos perdido. No hemos sido una alternativa, sino una populista, pero igual de trajeada, copia. No importa que en la campaña nos pintemos como lo opuesto al capitalismo desmesurado: los años pasan y seguimos presentándonos a las elecciones habiendo estudiado el día anterior. Todas esas personas a las que pedimos el voto han perdido ya sus sueños, y hace falta mucho más que carteles, chapas o piruletas para que los recuperen.
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