Prosa para el estado de la nación
Las campanas empiezan a sonar a las doce menos cinco. Un jaleo atraviesa los dinteles de todos los despachos, y no le importa toparse con puertas cerradas. Se instala igual por todas partes. A los pocos segundos, la agitación se vuelve tangible: una marea de trajes, pisotones, inaplazables teléfonazos y elegantes vestidos de mujer corren hacia los ascensores. Son tres en cada flanco, pero no dan para todos.
Las cámaras esperan fuera para cubrir ese minuto de gloria, y cuando ellos se acercan al pasaje de Floridablanca, envuelven sus caras en una profunda rigidez. Esta vez, están en el trabajo, y la omnipresencia de los espectacularizantes medios no va a carcomer el contenido de ningún discurso.
Elena, como el sr. Ramsay, dibuja la inteligencia humana en un alfabeto, y empieza a recorrer todas las letras hasta llegar a Q. Son muy pocas las personas que, en toda España, llegan alguna vez a Q. Allí, al menos, está Q. Se afinca en Q con todas sus fuerzas. Está segura de Q. Pueden demostrarla, pueden demostrar que las medidas anunciadas forman parte de una estructura, y que esa estructura funcionará.
Él llega, la ve, acompaña cada paso con un giro copernicano de su mirada, advirtiendo a cada uno de sus invitados que todo saldrá bien, que no lloverá. Pase lo que pase, aquello sucederá con puntualidad. No es que corra ni que se apresure; de hecho sube la escalera con cierta lentitud. Comienza cada apartado con firmeza, y, antes de pasar de página, se siente más bien inclinado a detenerse un momento y concentrarse en una sola cosa, en algo verdaderamente importante, separarlo, aislarlo, limpiarlo de todas las emociones y posibles añadiduras para después colocárselo delante y presentarlo ante el tribunal donde, reunidos en cónclave, se hallan un sinfín de improvisados jueces dispuestos a echar por tierra todas aquellas cuestiones.
Todo ha terminado. Sus invitados vuelven a ocupar cada uno de sus despachos, los teléfonos vuelven a sonar, y pasos de gigante llevan papeles de un sitio a otro como si nunca se hubieran detenido. Otras de sus señorías, las menos, esperarán pacientemente su turno junto a un micrófono que les devuelva el protagonismo que han perdido durante aquella hora.
La Carrera de San Jerónimo respirará, de nuevo, hasta las cuatro de la tarde.
Las cámaras esperan fuera para cubrir ese minuto de gloria, y cuando ellos se acercan al pasaje de Floridablanca, envuelven sus caras en una profunda rigidez. Esta vez, están en el trabajo, y la omnipresencia de los espectacularizantes medios no va a carcomer el contenido de ningún discurso.
Elena, como el sr. Ramsay, dibuja la inteligencia humana en un alfabeto, y empieza a recorrer todas las letras hasta llegar a Q. Son muy pocas las personas que, en toda España, llegan alguna vez a Q. Allí, al menos, está Q. Se afinca en Q con todas sus fuerzas. Está segura de Q. Pueden demostrarla, pueden demostrar que las medidas anunciadas forman parte de una estructura, y que esa estructura funcionará.
Él llega, la ve, acompaña cada paso con un giro copernicano de su mirada, advirtiendo a cada uno de sus invitados que todo saldrá bien, que no lloverá. Pase lo que pase, aquello sucederá con puntualidad. No es que corra ni que se apresure; de hecho sube la escalera con cierta lentitud. Comienza cada apartado con firmeza, y, antes de pasar de página, se siente más bien inclinado a detenerse un momento y concentrarse en una sola cosa, en algo verdaderamente importante, separarlo, aislarlo, limpiarlo de todas las emociones y posibles añadiduras para después colocárselo delante y presentarlo ante el tribunal donde, reunidos en cónclave, se hallan un sinfín de improvisados jueces dispuestos a echar por tierra todas aquellas cuestiones.
Todo ha terminado. Sus invitados vuelven a ocupar cada uno de sus despachos, los teléfonos vuelven a sonar, y pasos de gigante llevan papeles de un sitio a otro como si nunca se hubieran detenido. Otras de sus señorías, las menos, esperarán pacientemente su turno junto a un micrófono que les devuelva el protagonismo que han perdido durante aquella hora.
La Carrera de San Jerónimo respirará, de nuevo, hasta las cuatro de la tarde.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada