El teatro de la vida

La política. Ese mundo en el que un señor con una suerte de cualidades -iniciativa, seguridad en sí mismo, porte elegante, expresión tranquila- contrata a otros señores para que le ayuden a desarrollar sus virtudes, esconder sus defectos, y en definitiva, hacerle parecer un superhombre -de los de Nietzsche- ante la cruenta mirada de la sociedad. Es un mundo muy extraño.

Por eso aquellos deslices de los que la gente se suele escandalizar -si no hacer leña en el peor de los casos-, a mí me tranquilizan bastante. Oye, que no es un superhombre, que es uno de nosotros. Y así, Rajoy me cae un poco mejor desde que todos sabemos que el desfile de los soldaditos le parece un coñazo.

A riesgo de darle importancia a algo que, sorprendemente, no ha cundido en nuestros fallidos medios de comunicación de masas, tan sólo decirle al presidente Zapatero que me alegro de que, de cuando en cuando, también piense en follar. No hay, en mi opinión, un mejor síntoma de salud.

No sé qué pensarán en Ferraz, pero mostrarnos cómodos con el lado humano de nuestros representantes me parece de las mejores cosas que se puede hacer por nuestro partido -de izquierdas-. Y, sobre todo, luchar contra esa monstruosa dinámica de la política que pretende que nuestros dirigentes no sean, antes que políticos, personas.