A los patronos también se les educa(ba)
Ayer leí una intervención muy graciosa de un señor de la CEOE, que decía que se puede librar a una empresa de la carga económica que suponen actualmente los despidos, dejando el resto de derechos de los trabajadores intactos -aquello otro de que la medida servirá también para combatir el paro prefiero obviarlo-.
Aunque no tengo muy claro cuántos derechos nos quedan a los trabajadores hoy en día, me da la sensación de que son más bien pocos; los inversamente proporcionales a los que tenemos sobre el papel, es decir.
Me dijeron: a los padres también se les educa. Y toda mi vida llevé aquello a raja tabla, leyendo además en los libros de Historia, que existían mecanismos para educar al patrono asimismo. Con los padres no hay ningún problema: no te pueden despedir. Con el patrono, ay amigo, esto es otra cosa.
El contrato fijo equivale, nada menos, a la oportunidad de negociar sobre tu trabajo en igualdad de condiciones. Sólo con contratos estables podemos, los trabajadores, permitirnos decir no a esas horas extra que con tanta complicidad se nos exigen. Sólo cuando nuestro puesto de trabajo es indiscutiblemente nuestro sitio, podemos responder ante las tentativas del abuso. Sólo así podemos decidir libremente si nos unimos a una huelga.
El Gobierno ha dicho esta mañana que no cederá ante las presiones de la patronal para abaratar el despido; me tranquiliza enormemente saberlo. Si las palabras son sinceras, me resultan un romántico acto de resistencia, en este extraño mundo para el que el significado de la Izquierda está en proceso de extinción. Y es que si la posmodernidad avanza por nuestro suelo sin pensar más que en comer, pronto parecerá cosa del pasado reivindicar el derecho del trabajador a defenderse.
Hacer méritos teniendo un contrato fijo era una opción muy personal. Pero suenan a viejo recuerdo aquellas empresas en las que había sitio para el pelota, para el sindicalista, para el perfeccionista y para el borde. En las que ser aquel pelota, que no sabía decir que no, correspondía a ambiciones que se alejaban bastante del concepto de supervivencia.
El Gobierno no podrá llevar la contraria eternamente a la progresiva desideologización que está tragándose al mundo entero. Y si la sociedad acaba legitimando con su pasividad formas de vida inestables y perecederas, los trabajadores nos veremos renunciando a nuestros derechos y nuestra dignidad en todas aquellas situaciones de conflicto en las que antes sí teníamos una palabra; no movidos por descabalgadas ambiciones, sino para poder simplemente sobrevivir.
Sé que sois demasiados los que ya os habéis hecho a esta idea, pero a mí me cuesta un poco.
Aunque no tengo muy claro cuántos derechos nos quedan a los trabajadores hoy en día, me da la sensación de que son más bien pocos; los inversamente proporcionales a los que tenemos sobre el papel, es decir.
Me dijeron: a los padres también se les educa. Y toda mi vida llevé aquello a raja tabla, leyendo además en los libros de Historia, que existían mecanismos para educar al patrono asimismo. Con los padres no hay ningún problema: no te pueden despedir. Con el patrono, ay amigo, esto es otra cosa.
El contrato fijo equivale, nada menos, a la oportunidad de negociar sobre tu trabajo en igualdad de condiciones. Sólo con contratos estables podemos, los trabajadores, permitirnos decir no a esas horas extra que con tanta complicidad se nos exigen. Sólo cuando nuestro puesto de trabajo es indiscutiblemente nuestro sitio, podemos responder ante las tentativas del abuso. Sólo así podemos decidir libremente si nos unimos a una huelga.
El Gobierno ha dicho esta mañana que no cederá ante las presiones de la patronal para abaratar el despido; me tranquiliza enormemente saberlo. Si las palabras son sinceras, me resultan un romántico acto de resistencia, en este extraño mundo para el que el significado de la Izquierda está en proceso de extinción. Y es que si la posmodernidad avanza por nuestro suelo sin pensar más que en comer, pronto parecerá cosa del pasado reivindicar el derecho del trabajador a defenderse.
Hacer méritos teniendo un contrato fijo era una opción muy personal. Pero suenan a viejo recuerdo aquellas empresas en las que había sitio para el pelota, para el sindicalista, para el perfeccionista y para el borde. En las que ser aquel pelota, que no sabía decir que no, correspondía a ambiciones que se alejaban bastante del concepto de supervivencia.
El Gobierno no podrá llevar la contraria eternamente a la progresiva desideologización que está tragándose al mundo entero. Y si la sociedad acaba legitimando con su pasividad formas de vida inestables y perecederas, los trabajadores nos veremos renunciando a nuestros derechos y nuestra dignidad en todas aquellas situaciones de conflicto en las que antes sí teníamos una palabra; no movidos por descabalgadas ambiciones, sino para poder simplemente sobrevivir.
Sé que sois demasiados los que ya os habéis hecho a esta idea, pero a mí me cuesta un poco.
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