A dos bandas
Casualmente, el día después de que presentara en el Pleno de Arganzuela una proposición para prevenir a los jóvenes de entrar en bandas juveniles, El País publicó un reportaje sobre este tema. Y es que, cosas del destino, la mañana anterior había habido una enorme redada en la Comunidad de Madrid.
El Partido Popular rechazó la iniciativa, que pedía una campaña de sensibilización, así como una mayor coordinación entre los agentes tutores de los institutos y el cuerpo de policía para detectar este tipo de vandalismo que es especialmente peligroso. Diré aquí lo que no dije en el Pleno, esto es, estoy seguro de que ellos no llevan a sus hijos al Juan de la Cierva, y de que cuando anochece, pueden permitirse volver a sus casas en taxi.
Lo que sí que dije queda reflejado a lo largo de las tres páginas del reportaje, y es que si queremos que los miembros de estos grupos abandonen sus bandas, tenemos que tenderles la mano y ofrecerles algunas garantías. El protagonista del reportaje, en este caso, sufre amenazas desde que abandonó el clan. Tener que confesar su pertenencia a la banda, y las represalias que pudiera tener por parte de las autoridades, quizá fuera lo que menos le importara.
Lo demás, lo que vemos en televisión; y vamos camino de volvernos inmunes. Se apuñalan los unos a los a otros y no pasa nada: una noticia más. Ésa es nuestra sensibilidad. ¿Alguien recuerda aquellos años noventa en los que, en vez de hablar de violencia de género, se hablaba de crimen pasional? No queda lejos, pero algún giro en la trama hizo que, hoy, nos parezca inadmisible. Los miembros de las bandas ejercen la violencia entre sí, pero si a nosotros no nos salpica la sangre, los medios de comunicación siguen refiriéndose a los asesinatos como ajustes de cuentas. Era una vida humana, pero oye, algo habría hecho.
Es evidente que en Madrid coexisten diversas formas de vida, y todavía me pregunto cómo conseguimos hacerlo. He estado en otras ciudades, capitales, y me he topado con la expresión máxima de lo que no quería que fuera Madrid -y que, a menor escala, ya es desde hace un tiempo-. Mastodónticos edificios al lado de pequeñas viviendas derruidas, interminables calles comerciales en las que la gente pasea sus bolsas de cartón a una manzana de distancia de las mujeres de alquiler, líneas de metro que conforman un deprimente viaje a través del sistema de clases sociales.
Explicar que hay una relación muy estrecha entre estos contrastes y el caso de las bandas juveniles es algo que no podría hacer, tal cual, sin que al lector medio le aviniera un tufo decimonónico. Y con todo, no consigo disculpar a quienes, excusándose en estas injusticias, y desde la completa desideología, pretenden disfrazar su violencia de lucha, o envolver su ley del más fuerte en una nostalgia romántica; no consigo verla.
Sólo me pregunto por qué, los de dentro y los de fuera, en lugar de intentar sacar lo mejor de nosotros, nos resignamos y permitimos que en lugares donde podría existir una suerte de paz continúe habiendo vidas inhabitables. Como la del chico del reportaje, vaya.
El Partido Popular rechazó la iniciativa, que pedía una campaña de sensibilización, así como una mayor coordinación entre los agentes tutores de los institutos y el cuerpo de policía para detectar este tipo de vandalismo que es especialmente peligroso. Diré aquí lo que no dije en el Pleno, esto es, estoy seguro de que ellos no llevan a sus hijos al Juan de la Cierva, y de que cuando anochece, pueden permitirse volver a sus casas en taxi.
Lo que sí que dije queda reflejado a lo largo de las tres páginas del reportaje, y es que si queremos que los miembros de estos grupos abandonen sus bandas, tenemos que tenderles la mano y ofrecerles algunas garantías. El protagonista del reportaje, en este caso, sufre amenazas desde que abandonó el clan. Tener que confesar su pertenencia a la banda, y las represalias que pudiera tener por parte de las autoridades, quizá fuera lo que menos le importara.
Lo demás, lo que vemos en televisión; y vamos camino de volvernos inmunes. Se apuñalan los unos a los a otros y no pasa nada: una noticia más. Ésa es nuestra sensibilidad. ¿Alguien recuerda aquellos años noventa en los que, en vez de hablar de violencia de género, se hablaba de crimen pasional? No queda lejos, pero algún giro en la trama hizo que, hoy, nos parezca inadmisible. Los miembros de las bandas ejercen la violencia entre sí, pero si a nosotros no nos salpica la sangre, los medios de comunicación siguen refiriéndose a los asesinatos como ajustes de cuentas. Era una vida humana, pero oye, algo habría hecho.
Es evidente que en Madrid coexisten diversas formas de vida, y todavía me pregunto cómo conseguimos hacerlo. He estado en otras ciudades, capitales, y me he topado con la expresión máxima de lo que no quería que fuera Madrid -y que, a menor escala, ya es desde hace un tiempo-. Mastodónticos edificios al lado de pequeñas viviendas derruidas, interminables calles comerciales en las que la gente pasea sus bolsas de cartón a una manzana de distancia de las mujeres de alquiler, líneas de metro que conforman un deprimente viaje a través del sistema de clases sociales.
Explicar que hay una relación muy estrecha entre estos contrastes y el caso de las bandas juveniles es algo que no podría hacer, tal cual, sin que al lector medio le aviniera un tufo decimonónico. Y con todo, no consigo disculpar a quienes, excusándose en estas injusticias, y desde la completa desideología, pretenden disfrazar su violencia de lucha, o envolver su ley del más fuerte en una nostalgia romántica; no consigo verla.
Sólo me pregunto por qué, los de dentro y los de fuera, en lugar de intentar sacar lo mejor de nosotros, nos resignamos y permitimos que en lugares donde podría existir una suerte de paz continúe habiendo vidas inhabitables. Como la del chico del reportaje, vaya.


