Y se pasó de moda hablar del hambre
Es curioso cómo para ser unos buenos progresistas, hoy, nos tenemos que sensibilizar con un sinfín de causas aleatorias que, al menos a mí, me acaban aturdiendo. Más incluso cuando algunas de ellas entran en conflicto con otras. Si siento una cierta empatía (compasión realmente) por las personas que vienen a Europa en busca de una vida mejor, ¿creo que tienen que aprender catalán, a pesar de no poder casi defenderse en castellano? o si soy feminista y relativista cultural, ¿dónde pongo yo el velo?
Estos puntos, actuales como ellos solos, son válidos, sin duda. Pero no puedo evitar preguntarme hacia dónde camina, a ratos, la hipersensibilidad que la Izquierda pretende demostrar hacia causas que, desde luego, no pueden compararse en gravedad (ni en urgencia) con otras, sobre todo, si conociendo el vaivén de los medios de comunicación, estamos condenando a algunas de esas otras causas al olvido. ¿De dónde viene esta falta de perspectiva? He dado vueltas y vueltas, y no lo sé.
Hace poco empecé mis cursos de posgrado, y los apuntes que nos dejó el profesor, cuanto menos, me chocaron. Uno de los puntos de la conferencia nos hablaba del encuentro trágico entre la identidad y la alteridad. Me entró la risa y miré a mis compañeros, esperando que al estar en una clase de filosofía, estas palabras tuvieran un significado muy diferente al que les daríamos desde el lenguaje coloquial.
-Hombre, trágico no será esto, ¿no? Trágico es el hambre, digo yo.
Pero mis compañeros no asintieron, ni se rieron; en realidad se dirigieron a mí como si careciera de todo tipo de curiosidad intelectual. Aunque creo que podría haberlo hecho, no lo arreglé.
-Que yo entiendo que para filosofar primero hay que tener esto (señalándome el estómago) lleno, pero esto es gracioso, cuanto menos.
La respuesta (por fin verbal) de uno de mis compañeros fue el colofón que me hizo, simplemente, comprender.
-Tú eres un poco años noventa, ¿no?
Podía ser. Podía ser que los bombardeos televisivos contra el hambre fueran cosa del pasado. Podía ser que, simplemente, algunas causas se agoten después de haber pasado sin pena ni gloria por la conciencia colectiva. O podía ser que, en realidad, a las reivindicaciones políticas les falte ya poco tiempo para ser presentadas por diseñadores de moda, y figurar en catálogos de tendencias otoño/invierno, y mi actitud no hubiera significado, para aquellos estudiantes, mucho más relevante que haberme presentado en clase con unos pantalones de campana.
Y aunque me encantaría escribir una provechosa moraleja, o una reflexión optimista con la que cerrar esta historia, creo que no puedo. Sólo un pequeño ejercicio de filosofía, y es intentar seguir siendo simpático cuando yo (sujeto/portador de identidad) conozca, en mi rutina, a cualquier otra persona (objeto/portador de alteridad). Porque los problemas, aunque suene a tópico gastado, son otros. Aunque a un profesor que se pasa el día en su despacho le pueda sonar insensible, o al resto de jóvenes de mi generación, demodé.
[Debido a esta anécdota, por cosas como ésta, me ha hecho ilusión despertarme hoy y encontrarme con que una compañera ha aprovechado su primera columna para hablar, de una vez, del hambre.]
Ah, y como ahora lo que se lleva es la crisis, otro pequeño apunte que estará completamente out: estoy seguro de que abajo, en el Sur, hay gente que no la ha notado nada.
Estos puntos, actuales como ellos solos, son válidos, sin duda. Pero no puedo evitar preguntarme hacia dónde camina, a ratos, la hipersensibilidad que la Izquierda pretende demostrar hacia causas que, desde luego, no pueden compararse en gravedad (ni en urgencia) con otras, sobre todo, si conociendo el vaivén de los medios de comunicación, estamos condenando a algunas de esas otras causas al olvido. ¿De dónde viene esta falta de perspectiva? He dado vueltas y vueltas, y no lo sé.
Hace poco empecé mis cursos de posgrado, y los apuntes que nos dejó el profesor, cuanto menos, me chocaron. Uno de los puntos de la conferencia nos hablaba del encuentro trágico entre la identidad y la alteridad. Me entró la risa y miré a mis compañeros, esperando que al estar en una clase de filosofía, estas palabras tuvieran un significado muy diferente al que les daríamos desde el lenguaje coloquial.
-Hombre, trágico no será esto, ¿no? Trágico es el hambre, digo yo.
Pero mis compañeros no asintieron, ni se rieron; en realidad se dirigieron a mí como si careciera de todo tipo de curiosidad intelectual. Aunque creo que podría haberlo hecho, no lo arreglé.
-Que yo entiendo que para filosofar primero hay que tener esto (señalándome el estómago) lleno, pero esto es gracioso, cuanto menos.
La respuesta (por fin verbal) de uno de mis compañeros fue el colofón que me hizo, simplemente, comprender.
-Tú eres un poco años noventa, ¿no?
Podía ser. Podía ser que los bombardeos televisivos contra el hambre fueran cosa del pasado. Podía ser que, simplemente, algunas causas se agoten después de haber pasado sin pena ni gloria por la conciencia colectiva. O podía ser que, en realidad, a las reivindicaciones políticas les falte ya poco tiempo para ser presentadas por diseñadores de moda, y figurar en catálogos de tendencias otoño/invierno, y mi actitud no hubiera significado, para aquellos estudiantes, mucho más relevante que haberme presentado en clase con unos pantalones de campana.
Y aunque me encantaría escribir una provechosa moraleja, o una reflexión optimista con la que cerrar esta historia, creo que no puedo. Sólo un pequeño ejercicio de filosofía, y es intentar seguir siendo simpático cuando yo (sujeto/portador de identidad) conozca, en mi rutina, a cualquier otra persona (objeto/portador de alteridad). Porque los problemas, aunque suene a tópico gastado, son otros. Aunque a un profesor que se pasa el día en su despacho le pueda sonar insensible, o al resto de jóvenes de mi generación, demodé.
[Debido a esta anécdota, por cosas como ésta, me ha hecho ilusión despertarme hoy y encontrarme con que una compañera ha aprovechado su primera columna para hablar, de una vez, del hambre.]
Ah, y como ahora lo que se lleva es la crisis, otro pequeño apunte que estará completamente out: estoy seguro de que abajo, en el Sur, hay gente que no la ha notado nada.